Navegando por la niebla: de la contención a la disuasión
La única forma de evitar una guerra mayor es restaurar el miedo estratégico. (Sergey Karaganov)
Imagina por un momento que estás en una habitación oscura junto a un desconocido. Ambos sostienen un revólver cargado. Sabes que, si aprietas el gatillo, él probablemente hará lo mismo, y los dos acabarán heridos o muertos. Esa certeza incómoda, ese miedo compartido fue, durante décadas, el mecanismo que evitó una guerra directa entre las grandes potencias. Se llamó disuasión nuclear.
Puede parecer una forma extraña de paz: fría, calculada y basada en la amenaza permanente de destrucción. Sin embargo, funcionó. Nadie quería ser el primero en morir. Durante gran parte de la segunda mitad del siglo XX, el miedo racional evitó que la rivalidad económica, política e ideológica entre un EEUU capitalista y una Unión Soviética socialista derivara en un conflicto nuclear total.
Hoy, esa habitación parece más pequeña. Las luces parpadean. Los actores son más numerosos y algunos empiezan a insinuar que tal vez convenga disparar primero para recordar al adversario quién tiene la iniciativa. Estamos transitando, casi sin advertirlo, desde la lógica clásica de la disuasión hacia una dinámica más cercana a la confrontación abierta. Lo que está en juego ya no son únicamente doctrinas militares o sistemas de misiles. Es la vida de millones de personas comunes que apenas conocen los nombres de los tratados que están desapareciendo.
Para entender cómo llegamos hasta aquí conviene retroceder unas décadas. Al final de la II Guerra Mundial, el mundo descubrió el poder devastador del átomo cuando EEUU lanzó, sin justificación, sus bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Muy pronto, EEUU y la Unión Soviética comenzaron a acumular arsenales nucleares capaces de destruir la civilización varias veces. Surgió entonces una idea paradójica: las armas más destructivas de la historia servirían no para ganar guerras, sino para impedirlas.
El estratega nuclear Bernard Brodie resumió esa transformación con una frase célebre: "el propósito principal de las fuerzas militares ya no sería ganar guerras, sino evitar que ocurrieran". La lógica era brutal, pero simple. Si una potencia atacaba primero, la otra conservaría capacidad suficiente para responder con un golpe devastador. El resultado sería el suicidio mutuo.
Así nació la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada, conocida como MAD, por sus siglas en inglés. Dos gigantes se observaban permanentemente sabiendo que cualquier error podía significar el fin del mundo. Hubo crisis gravísimas: Berlín, Corea, los misiles de EEUU en Turquía y la respuesta soviética con sus misiles en Cuba en 1962. Hubo guerras indirectas en Asia, África, pero, en el último momento, el miedo al abismo terminaba imponiendo prudencia. El equilibrio del terror evitó una conflagración global.
Aquella estabilidad, sin embargo, dependía de ciertos elementos específicos: actores relativamente racionales que hoy no los hay en Occidente, líneas de comunicación abiertas, doctrinas conocidas y una estructura bipolar relativamente clara. Washington y Moscú podían tener........
