¿Para qué sirve la UE?
Yo, de joven, era un europeísta convencido. No en vano cuando fui becario —stagiaire lo llamaban los franceses— a finales de los 80 en la dirección de prensa e información del Consejo de Europa en Estrasburgo. No era la UE propiamente dicha, pero el Parlamento Europeo se reunía en su hemiciclo. Entonces todavía no tenía edificio propio, que se acabó construyendo también en la capital alsaciana. Venían una vez al mes. Ahí me entraron las primeras dudas porque desembarcaban diputados, altos cargos, asesores, periodistas. Todos los documentos iban en unos grandes cajones metálicos. Me hacía ya la misma pregunta que se hizo el maestro Josep Pla cuando vio por primera vez los edificios de Nueva York iluminados por la noche: «¿Y esto quién lo paga?» Los alemanes, supongo.
Incluso ahora, cuando Pedro Sánchez se ha sacado de la manga un fondo soberano de 23.000 millones con los fondos Next Generation no utilizados para construir, en teoría, 15.000 viviendas. Con el tiempo, mi europeísmo se fue enfriando. Si han estado alguna vez en la sede del Europarlamento, me asalta la misma cuestión que al escritor ampurdanés. Al fin y al cabo son 720 diputados. El salario bruto supera los 10.000 euros al mes, más dietas (360 al día), 5.000 en gastos de oficina, 32.000 para el asistente y viajes gratis.
He estado en un par de ocasiones desde finales de los 80. Todo miembro de la cámara tiene derecho a invitar a no sé cuántas personas como medida para difundir la conciencia comunitaria. Pero eso también nos debe costar un pastón. Y, como se sabe, no es el equivalente a un parlamento nacional con plenas competencias legislativas, aunque ejerza funciones de control sobre la Comisión, el supuesto gobierno de la UE.
La última vez que estuve fue durante el Dieselgate, en 2015, el escándalo de las emisiones. Las grandes marcas de coches hacían trampas y el Parlamento Europeo había puesto el ojo sobre el asunto. Pero no sé cómo terminó el tema porque la industria automovilística alemana, que estaba al lado, daba trabajo a más de 100.000 personas. El motor económico no sólo de Alemania, sino de Europa.
A decir la verdad, su influencia sólo la he notado con el roaming y con los dichosos taponcitos atados a la botella. Tengo la sensación, en referencia a los primeros, de que los eurodiputados estaban cansados de pagar tanto por los SMS que enviaban a casa; entonces todavía no había WhatsApp, y decidieron abaratar las tarifas. Respecto a lo segundo, me parece un coñazo. Hasta Mariano Rajoy tuvo un día problemas para abrir una botella de agua en un acto público.
¿Y con la regularización de Pedro Sánchez? Peor todavía. La Comisión expresó sus reticencias el pasado 10 de febrero precisamente durante un pleno… pero quince días después del anuncio, que fue el 26 de enero. Además, el comisario de Asuntos Migratorios, Magnus Brunner, advirtió que «no es un cheque en blanco” y que puede tener «consecuencias negativas». Nada, sólo palabras huecas.
Primero, porque no serán 500.000, serán probablemente dos millones. La legalización incluye a los hijos menores y cada familia magrebí tiene mínimo tres hijos. Basta verlo en la calle. En segundo lugar, porque ello les permitirá desplazarse, y supongo que instalarse, por toda la Unión Europea. Si eres legal en España, lo eres en todos los países miembros. En cambio, Ursula von der Leyen, muy amiga de Sánchez, no se ha atrevido siquiera a alzar la voz. Siempre he creído que Merkel nos dio gato por liebre con su antigua ministra de Defensa.
