Ese mundo desaparecido
Hay personas, encarando el invierno de sus vidas, que existen siempre con la mirada puesta en lo que ya fue, como si todo el presente ocupase únicamente la prolongación de un inmenso pasado. Rodeadas de recuerdos que se van difuminando en la memoria, sobre todo cuando tienen más seres heridos ya en el otro margen que a este lado de la grieta del tiempo.
Uno tiende a reflexionar sobre las generaciones que van dando paso a las siguientes cuando en poco espacio acumula bastantes funerales y velatorios de abuelos y padres de amigos. Cuando observa el implacable paso de los años en sus propios padres y abuelos, que acumulan achaques y pérdidas. Y así, familiares de carne y frágiles huesos pasan de poder ser abrazados a convertirse en un álbum de fotos.
Lejos de esa mirada nostálgica y contraproducente de «todo tiempo pasado fue mejor», sí que puedo entender y tratar de analizar lo que supone ese cambio ineludible, esas despedidas al pie de torres de iglesias edificadas por manos que ya no están, donde repican las campanas que un día lo harán por nosotros.
Si apenas quedan testigos vivos de los que participaron en la guerra que aconteció hace 90 años, dando pie a que el relato oral sea sustituido por políticos oportunistas que hacen leyes sectarias para dictar una historia a su conveniencia, los que hoy pueden soplar algún 9 inicial en su tarta de cumpleaños, son aquellos que se criaron en la posguerra y construyeron con su sudor y su sangre el país que hoy es, o el que era.
Una etapa que no estaba hecha de ideales sino de cosas por hacer. Lo práctico se imponía sobre........
