Por los pelos
Me contaba mi hermana hace unos días una historia deleznable. Otra más. Una de las muchas que nos llegan desde esas asociaciones dedicadas a socorrer, sostener y acompañar a mujeres que se ven solas ante el inminente nacimiento de su hijo.
Asociaciones que existen porque vivimos en un país donde los gobiernos —este y los anteriores— han puesto todas las facilidades habidas y por haber para que se pueda abortar, igual que las han puesto para favorecer la eutanasia, pero han dejado desamparadas a las mujeres que quieren llevar a término su embarazo en condiciones difíciles, o a los enfermos de ELA que, si no disponen de recursos, se ven condenados a una muerte lenta, en el mejor de los casos cuando no inducida.
Asociaciones que, como tantas de las que se dedican a ayudar, no reciben dinero público. Funcionan gracias a donativos, a la generosidad de voluntarios que, después de su jornada laboral, siguen trabajando para sostener a otros. No viven de ello. Viven para ello.
Decía Gabriel Sara que la eutanasia será el tratamiento de los pobres. A quienes tengan poder adquisitivo se les ofrecerá una cura. A los que no, una salida. Y a una de esas asociaciones llegó una mujer que iba a ser madre. Una madre como tantas otras. Pero esta historia es especialmente abyecta. Y, al mismo tiempo, tristemente coherente con el mundo que hemos construido.
Ella se había quedado embarazada mientras seguía un tratamiento de depilación láser. Un tratamiento que, como es sabido, no es compatible con el embarazo. Durante la gestación, debe suspenderse. Pero esa madre decidió no suspender el tratamiento. Decidió suspender el embarazo.
Con el aplauso tácito —o explícito— de quienes convierten cada aborto en un derecho, en una conquista, en una liberación. El embarazo era incompatible con su tratamiento estético. Y el tratamiento estético era irrenunciable. Así que el hijo se volvió prescindible. El niño murió por los pelos.
Murió con la participación de un sistema entero que hizo posible su muerte: el médico que practicó el aborto, las enfermeras que colaboraron con él, el psicólogo que certificó que todo era conforme a ley, los legisladores que redactaron las normas, los parlamentarios que las votaron, los medios que llevan décadas cacareando que eso es progreso, el entorno que no ofreció resistencia, el padre, quizá ausente que no supo ejercer como tal y la sociedad entera, que ha aprendido a no mirar. Demasiados implicados en una muerte demasiado prematura.
Tengo la sensación de que en el más allá debe haber mucho trabajo. Dios quiera que vayamos al cielo —aunque debamos pasar por el purgatorio— pero me temo que, si llegamos, estará muy vacío.
Un niño ha sido asesinado por los pelos y, lo mismo que por esa niña de pelo rojizo citada por Chesterton, el mundo entero debería arder.
