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Amigos decorativos

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09.04.2026

Leo en la prensa que se está dando un auge de las aplicaciones por suscripción para alquilar «amigos» que le acompañen a uno al cine, a un taller de cerámica o a cualquier otro lado. Y que por algo más de dinero se puede uno informar de los planes que se realizan en su zona a los que poder sumarse. Incluso ir de viaje unos días con desconocidos, tan desesperados como uno mismo. 

A quienes conservan algo de salud mental, este tipo de informaciones les horroriza y entristece, pero son cada vez más quienes las reciben con una preocupante naturalidad. La misma razón por la que ya no hay tiempo de cocinar —en el futuro las casas no tendrán cocina, Roig mediante— es la que impide crear vínculos fuertes. 

Sin duda la situación laboral afecta, desordena y causa algunos de los problemas actuales. Sin ir más lejos, y además de lo relacionado con la cocina, el mundo moderno ha empujado a la mujer a incorporarse al mercado laboral —también a la que prefería quedarse en casa cuidando de los suyos— y eso ha afectado negativamente a la familia. Pero atribuirlo todo a la precariedad laboral tampoco parece muy honesto. 

Para que exista amistad verdadera tiene que haber mucho más que una suscripción o un Tinder para solitarios. Pero también mucho más que aficiones comunes y tiempo para disfrutarlas. Tiene que haber principios inmutables compartidos, tiene que haber valores eternos que fundamenten una amistad que, sin sangre ni genealogía, dure toda la vida. 

De no ser así la amistad durará mientras se comparta ideología, pasión por Taylor Swift o amor por la montaña. La amistad, como el matrimonio, necesita de lo eterno para que sea indestructible. 

Por eso en la Iglesia son tantos los que encuentran lo que hasta el momento desconocían: amigos. Amistades sinceras que no sirven sólo para ir al cine, moldear cerámica o desgañitarse en un concierto, todas ellas aficiones muy loables, por otro lado.  

También dificulta la verdadera amistad el hecho de que no haya familias. Es en la amistad intergeneracional donde uno forja lo necesario para salir al mundo debidamente preparado. El trato con adultos, ancianos y niños construye al adolescente y lo vuelve funcional. Y esa amistad, de un modo natural se da en la familia y de algún modo también en el seno de la Iglesia. Y sin ella el hombre es más incapaz de relacionarse con el prójimo. 

No necesitamos aplicaciones, necesitamos grandes ideales compartidos, que posibiliten la amistad incluso cuando los encuentros físicos escasean por la distancia o las obligaciones. Necesitamos familias que preparen a los jóvenes para que no se vean empujados a descargar aplicaciones tristes. Y quienes tengan familia que la cuiden y se encuentren con ella. En los países nórdicos es habitual encontrarse con ancianos que llevan semanas fallecidos en su piso porque los hijos no van a visitarlos y el hedor es el que avisa. Eso empieza a darse en nuestros barrios.

Nadie quiere amigos decorativos, es mejor ir al cine solo que con un figurante. Cuando uno vuelve a casa después de haberse hecho trampas al solitario, la sensación es dolorosa. Todos preferimos la amistad a la soledad, pero no todo vale ni se logra de cualquier manera.

Busquemos a los amigos donde podamos encontrarlos para toda la vida. Así que, igual que hace el apasionado de la cocina, aquel que quiera amigos que se procure los tiempos y espacios adecuados para descubrirlos y disfrutarlos. El que tiene un amigo tiene un tesoro.


© La Gaceta