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La epístola a los adefesios

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26.02.2026

Hubo un tiempo en que se montaban partidos políticos como venganza personal. Tan sólo en casos muy excepcionales ha nacido en España un partido político por sólidas convicciones. Han germinado también por herencia de siglas muertas, por dar cobijo a votantes huérfanos, tal vez viudos, o por robar un poco de cuota de pantalla para otros negocios. Con todo, en la mayoría de ellos es fácil dar con la respuesta al porqué. No es el caso de Sumar. 

He leído la carta de Yolanda Díaz, una extraña despedida en la que se da la bienvenida a sí misma, mientras tira del pomo en la puerta trasera, pero buscando con la mirada el coche oficial. Es posible que haya un género epistolar más aburrido que el de los políticos cuando se comunican con sus súbditos, pero no se me ocurre cuál. Antes al menos tenían la audacia de escribirnos sólo en campaña electoral, en sobres llenos de promesas para cabezas huecas, que encestábamos sin mala conciencia en la papelera, sin levantar siquiera la pegajosa solapa. Arrojábamos al fuego las misivas de todos. Las del enemigo, con placer. Las del amigo, por prudencia, para que el repelús de las promesas estúpidas de campaña no nos llevara otra vez al sinvivir del voto indeciso. 

Entre los infinitos males que Sánchez ha traído a España está la institucionalización de la carta al ciudadano, que no es bando de alcalde sino parodia sin talento del santo género paulino, a medio camino entre la newsletter semanal del tarot y las notas pendientes de entregar al psicoanalista. 

Ahora Yolanda Díaz se suma al vicio de contar su vida a quien no le importa en absoluto, y nos arroja tres folios para comunicarnos una «decisión importante». No matiza —y ahí empieza el engaño— que es una decisión «importante» para ella, e irrelevante para el conjunto de los españoles. Después de un lisérgico panegírico al faraón que presidente su Consejo de Ministros, a sus obras y palabras, y a las limosnillas ridículas que le cedió a la vicepresidenta para que esté entretenida en sus cosas comunistas, nos anuncia la meditadísima decisión de que no será candidata a las próximas elecciones generales de 2027. Oh cielos. Detengan las rotativas. La Yolanda, que creyóse Cleopatra al pisar blando en ilustrísima moqueta, renuncia a su crucial papel en los destinos de esta España, o de la democracia que nos hemos dado, o como digan ahora esta amalgama infinita de cursis y tarados que nos esquilman a diario. 

Bien pensado, tampoco es de extrañar que haya recurrido a la carta. La cara no epistolar de la Cleopatra comunista es muy triste. Estuve a punto de escribirle un blues la semana pasada, después de ver que Yolanda hizo un directo en Instagram para responder a las preguntas de sus millones de fans y nació el bochorno: no había nadie preguntándole nada; un blues con saxofón, con largos silencios, y una reminiscencia lejana de la Pandeirada sideral in memoriam. El último paso de la indiferencia política es cuando ya ni siquiera entran tus enemigos para preguntarte cuándo te vas. 

Y es que Yolanda, eufórica, en su ya legendaria epístola a los adefesios, celebra que se «abren nuevos caminos para insuflar de vida e ilusión al espacio progresista», antes de poner como ejemplo de tan ilusionantes novedades a Gabriel Rufián, que lleva ahí más años asentado en reposo parlamentario que los dos huevos del león Velarde. 

A propósito, me intriga eso del «espacio progresista», porque la vicepresidenta alude varias veces en su carta al «espacio», incluso asegura que la decisión de no presentarse la comunicó a sus «seres queridos» —señora, eso parece una esquela—, «al presidente del Gobierno» —al que se la sopla la decisión— y «al conjunto» de su «espacio político». Esto último quizá confirma que su postura sobre la aventura espacial ha cambiado en estos meses, desde que afirmó, en aquella célebre lección magistral de ingeniería aeroespacial conspiranoica, que los millonarios urdían un plan secreto para fugarse al espacio: «los ricos tienen un plan secreto para escapar de la Tierra»; y deduzco que no hablaba de Zapatero y Bono.

Si ahora Yolanda es capaz de comunicarse con naturalidad con el espacio, ya sea «progresista» o «político», hemos de concluir que al fin se ha hecho rica, ha formalizado su plan de viaje espacial, y hasta tiene aliados que le aguardan al otro lado de la exosfera. Tan lejos y tan cerca. Siempre se van los mejores. No somos nada. 

De cualquier modo, no decaiga la mujer a la que Quevedo habría dedicado su mejor soneto, seguro que le esperan cosas chulísimas en ese espacio del que usted me habla, pero tenga cuidado con Alf, que odia a los gatos y a los comunistas.


© La Gaceta