La epístola a los adefesios
Hubo un tiempo en que se montaban partidos políticos como venganza personal. Tan sólo en casos muy excepcionales ha nacido en España un partido político por sólidas convicciones. Han germinado también por herencia de siglas muertas, por dar cobijo a votantes huérfanos, tal vez viudos, o por robar un poco de cuota de pantalla para otros negocios. Con todo, en la mayoría de ellos es fácil dar con la respuesta al porqué. No es el caso de Sumar.
He leído la carta de Yolanda Díaz, una extraña despedida en la que se da la bienvenida a sí misma, mientras tira del pomo en la puerta trasera, pero buscando con la mirada el coche oficial. Es posible que haya un género epistolar más aburrido que el de los políticos cuando se comunican con sus súbditos, pero no se me ocurre cuál. Antes al menos tenían la audacia de escribirnos sólo en campaña electoral, en sobres llenos de promesas para cabezas huecas, que encestábamos sin mala conciencia en la papelera, sin levantar siquiera la pegajosa solapa. Arrojábamos al fuego las misivas de todos. Las del enemigo, con placer. Las del amigo, por prudencia, para que el repelús de las promesas estúpidas de campaña no nos........
