Hacia ninguna parte
Aquel verano hizo más calor. La ciudad extraña era lava, el cielo de furia y fuego, y cada sombra de árbol, un oasis. Leía cada noche a los clásicos para olvidar que vivía secuestrado por el insomnio, y los días pasaban con una densidad exasperante, con el corazón lleno, pero apuñalado por el demonio de la ansiedad, traidora desconocida capaz de sacarte de la carretera con cualquier volantazo de la vida. Ahora ya conozco bien la cara de la zorra, entonces no.
Hablar era dormir, reír era llorar, abrazar era tal vez lo único sincero, y llorar era reír cuando enjugábamos frustraciones en el beso gélido de la cerveza. Las estrellas salían cada noche para recordarte que la luz nunca se apaga del todo, pero en mi memoria Enrique Urquijo no dejaba de cantar Sin dirección, y he olvidado ya esos versos oscurísimos de duermevela, supongo, de Rosalía de Castro, con los que........
