Suite húngara para mundialistas
Dentro del interminable catálogo de frases atribuidas a Winston Churchill —casi todas apócrifas— hay una que en realidad pertenece al político decimonónico François Guizot: «Quien no es republicano a los veinte años no tiene corazón, y quien sigue siéndolo a los cuarenta no tiene cabeza». La juventud no está hecha para moderarse aunque lleve mocasines de borlas —accesorio que algún conversador público decidió arruinar asociándolo al liberal-conservadurismo—, y acaso también por eso, tiende a buscar explicaciones ambiciosas del mundo.
La joven derecha radical de los años 90 compraba, cuando podía y bajo la mirada reprobatoria del quiosquero, un periódico-pasquín llamado La Nación. En contraportada se solía tratar un intrigante asunto al que llamaban «mundialismo». La Trilateral, el club Bilderberg, el de Roma y el Council on Foreing Relations (CFR) eran los cuatro jinetes del apocalipsis que venían a terminar con el escollo que suponía lo nacional para nuestras élites. A ellas las imaginábamos conspirando como en un episodio de los Simpsons: encapuchadas entre el Sr. Barnes y el tejano rico.
Tres décadas han pasado desde entonces y todo es mucho más simple. Ya hay representantes del CFR europeo con columna semanal en el diario El Mundo, medio fabricante de crisis internas de VOX. Desde allí se da el alpiste necesario a esa derecha retarded (los droitardés) en materia de orbanismo, putinismo, populismo y el papel que deben jugar nuestras instituciones de eso que los cursis llaman «multilateralismo». Éste, como el «humanismo cristiano», por cierto, son los términos que utilizan algunos para disfrazar sumisiones muy poco cristianas a intereses menos cristianos todavía.
Así, mientras esperamos el advenimiento de la siguiente administración demócrata en los Estados Unidos, los cuarteles generales de mundialismo siguen en Europa. El eje Bruselas-Berlín-Frankfurt funciona correctamente. Su última victoria: las elecciones húngaras que trajeron como resultado la derrota de Viktor Orbán. Un soplo de aire fresco para la Unión Europea tras las parlamentarias de 2022, en las que Fidesz se enfrentaba a un pastiche improbable de seis partidos unidos con el pegamento del odio a Orbán. La coalición que concitaba a la socialdemocracia, los liberales, los verdes y los neonazis de Jobbik contra el partido patriótico salió mal y hubo que pensar en otra cosa. Dos años después surgió inesperadamente —en lo que recuerda a una especie de Operación Macron— el partido de centro Tisza, que personaliza un señor llamado Magyar procedente del entorno de Orbán. Y Ursula Von der Leyen vio que era bueno.
La victoria de Péter Magyar en las elecciones del pasado 12 de abril ha hecho las delicias del cachorro del mundialismo Alex Soros. Pese a su apellido (Magyar en húngaro significa «húngaro»), el próximo primer ministro no pretende engañar a nadie sobre sus ideas internacionalistas. Nada más ganar, recibió la bendición apostólica de Von der Leyen en unas declaraciones tautológicas, típica cháchara politiquesa que excita a la derecha institucional europeísta. Al fin y al cabo, Magyar ha sido elegido por y para el nihilismo occidental, tampoco hacía falta darles cosas muy elaboradas.
Lo que les espera a los húngaros es un realineamiento profundo con el euromundialismo. Pero se hará de forma discreta, conforme a las costumbres de un pueblo apacible, casi alsaciano. Por eso, probablemente Magyar no mueva ficha para desbloquear los eurobonos destinados a Ucrania en primera instancia. Ni se va a volver contra Rusia inmediatamente, donde va a tener que gestionar una crisis energética de proporciones épicas. Eso sí, en cuanto pueda meterá al país en la zona euro. Tiene mayoría constitucional para ello. Dado el peso de Hungría, nunca podrá salir, de modo que queda atrapada en el sistema y difícilmente podrá revertir el desastre económico.
Mientras tanto, para la UE el caso de Hungría no es sólo el reencuentro de una oligarquía con la insensatez de una parte de las poblaciones. Es mejor (para ellos) y más grave (para nosotros). Ha encontrado una forma de injerencia «democrática» sin manosear el proceso electoral: utilizará la extorsión económica cuando prevea resultados indeseados. Además, nuestros mandarines estudian la manera de eliminar el molesto requerimiento democrático de unanimidad para la toma de ciertas decisiones y dar sepultura definitiva a la autonomía política de los países europeos.
Algunos analistas internacionales piensan que el principal error de Orbán ha sido no quitarse de encima ciertos resabios liberal-conservadores y no intentar dirigirse plenamente hacia la soberanía nacional húngara. Un pueblo que, por haber vivido durante siglos bajo distintos imperios, ha forjado un hábito histórico de subordinación y tan solo aspiraba a rascar algo de independencia mientras se limita a elegir entre potencias dominantes.
Es muy posible que en diez o quince años muchos húngaros digan de Viktor Orbán lo que los franceses del general De Gaulle tiempo después de 1968: «Qué razón tenía el viejo».
