Orígenes del Movimiento Feminista en el Estado español: El siglo XIX como referente
La idea de que la llegada del feminismo a España fue tardía es algo que se nos ha dicho repetidas veces, pero… ¿lo fue realmente? O mejor dicho, ¿lo fue tanto? ¿Dónde realmente podríamos situar el nacimiento de nuestro movimiento feminista? ¿Qué contexto lo propició y qué características lo definieron? El contenido de estas líneas pretende aproximarse a la respuesta a estas preguntas tratando de buscar ese germen primero que pudiera interpretarse como la semilla que dio paso a todo lo demás.
El feminismo como movimiento social ha de entenderse como una toma de conciencia por parte de las mujeres de la opresión, dominación y explotación de la que han sido objeto como grupo o colectivo humano a lo largo de las distintas etapas históricas, por parte de otro grupo humano, el de los hombres. Esta toma de conciencia les lleva a organizarse para reclamar sus derechos de manera colectiva y trabajar para llevar a cabo todas las transformaciones de la sociedad que permita su liberación y emancipación. Por lo tanto, aunque durante todo el periodo anterior al S. XIX podemos encontrar numerosas manifestaciones a nivel individual de mujeres denunciando la situación de subordinación que sufren, quejándose de su injusto y amargo destino, no existe el componente de lucha colectiva para que estas denuncias puedan encuadrarse dentro de lo que entendemos por «movimiento feminista».
Para hablar del nacimiento del feminismo como movimiento, hemos de esperar a la llegada del siglo XIX, en el sentido de que es cuando surge la lucha organizada y colectiva encaminada a cambiar la situación de las mujeres denunciando, reivindicando y lo que es más importante actuando colectivamente. Mientras que en parte de Europa y América este movimiento inicia su andadura a principios de dicho siglo, teniendo la conquista del voto como uno de los ejes principales, a España llegaría en torno al último tercio y teniendo objetivos diferentes, centrado más bien en dotar a las mujeres de una formación para poder actuar en la sociedad. Es la EDUCACIÓN (se pensaba) la que llevaría a las mujeres a emanciparse y a romper las ataduras que las oprimía. Para entender este retraso es necesario recordar que las revoluciones burguesas que acabaron con las monarquías en muchos lugares de Europa, aquí no se produjeron1.
El siglo XIX en el Estado español, en relación con el poder, está caracterizado por conspiraciones, problemas sucesorios en disputas por la corona, levantamientos militares, guerras civiles, golpes de estado y revueltas de todo tipo. Esto convierte a este período de la historia en una época convulsa en la que imperaron, en la mayor parte del siglo, monarquías absolutistas y originaron una fuerte influencia del poder de la iglesia católica, de manera que las ideas liberales que empezaban a cobrar fuerza en el resto de Europa, en España se vieron frenadas y/o anuladas, lo que provocó también un retraso en el desarrollo industrial frente al poder latifundista aristocrático, por lo que toda la escalada de progresos que se desprende de esto y que ya estaba haciendo efecto en Europa y América, en España aún no se manifestará. Sobre todo, el reinado de Fernando VII (1814/1833) dejó como resultado un país atrasado y sin posesiones coloniales que provocó un retraso económico capitalista y unas clases populares muy empobrecidas.
Esta realidad política hizo que las influencias de la Ilustración y la incorporación de las ideas liberales respecto a la mujer que de ella se desprenden tardasen en llegar. Al comenzar el siglo XIX, al final del reinado de Carlos IV (1788/1808), continuaba el matrimonio católico como institución suprema para someter a las mujeres. Desde 1564 hasta 1870 no existió en España otro matrimonio válido que el celebrado según lo establecido bajo el Concilio de Trento, donde se regulaban las condiciones que se requerían para contraer matrimonio y las obligaciones de los cónyuges. El matrimonio suponía para las mujeres la obligación de obedecer al marido y cohabitar con él. La falta de obediencia por la esposa, así como todo tipo de escándalos podía ser castigada por la autoridad. En este periodo histórico tampoco se aprecia cambio alguno respecto al destino que el orden jurídico y social preserva para las mujeres sometidas durante siglos a la voluntad de los hombres, auto proclamados dueños y señores del espacio doméstico. Como en otros lugares del mundo, podemos encontrar mujeres ilustradas que den muestras de su desgraciado destino, pero más allá de eso no encontramos iniciativa alguna que les haga cambiar su situación. Todo esto hace que, aunque fuera de España el movimiento feminista empezaba a estar presente y hacerse notar, dentro seguía siendo difícil derribar los cimientos de una sociedad que reservaba a las mujeres el único y exclusivo destino de «ángel del hogar», preservar la felicidad doméstica, hacer feliz al esposo y procurar una numerosa descendencia sana y fuerte. Decía Francisco Meléndez Herrera en el discurso leído en la Universidad Central de Madrid en 1866:
“… compañera del hombre, esposa y madre: He aquí los tres papeles encargados a la mujer en el drama de la vida”.
A pesar de todas las condiciones adversas, durante la primera mitad del siglo XIX proliferaron muchas mujeres novelistas, poetisas y periodistas, que conscientes de su doloroso destino, del sufrimiento que padecen, de sus dificultades para acceder a la actividad intelectual, la subordinación ante el hombre, o del futuro incierto al que se enfrentan, utilizan su pluma para denunciar la situación que viven las mujeres. Son ejemplo de ello los nombres de: Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), Carolina Coronado Romero (1820-1911). Concepción Arenal (1820-1893), Rosario de Acuña (1850-1923) o Emilia Pardo Bazán (1851-1921).
En esta antesala del feminismo como movimiento colectivo es de obligada mención la aportación de las gaditanas Josefa Zapata Cárdenas (1822–1878?) y Margarita Pérez de Celis (1840–1882), ambas socialistas utópicas seguidoras de Charles Fourier2, decidieron rellenar el vacío de la época en torno a la igualdad de las mujeres fundando desde 1856 hasta 1866 varias revistas conocidas como “Los Pensiles”: «El Pensil Gaditano», «El Pensil de Iberia», «El Nuevo Pensil de Iberia» y «La Buena Nueva», espacio que utilizaron para reclamar derechos para las mujeres y la clase obrera, situando a Cádiz a la vanguardia de la lucha por la igualdad de género:
“Educación de la mujer: facilidad para consagrarse a toda clase de profesiones, y derecho para participar de las ventajas civiles y políticas de que el hombre goza”.
En 18573 publicaron por entregas una serie de artículos bajo el título “La mujer y la sociedad”, considerado el primer manifiesto feminista de España. En ellos se argumentaba a favor de la igualdad de las mujeres con los hombres en todos los planos, se arremetía contra la actitud tanto de progresistas como de conservadores que habían encerrado a las mujeres en sus casas privándolas de la ciudadanía, se criticaba la prostitución reglamentada y el matrimonio por interés como única solución para la mujer.
Al margen de este feminismo inicial, desde el punto de vista de la lucha organizada, hemos de situarnos en la segunda mitad del siglo para encontrar las primeras organizaciones de mujeres. Hubo que esperar a la Revolución de septiembre de 1868, “La Gloriosa”, que acabó con la expulsión de Isabel II, el pronunciamiento de la Constitución de 1869 y culminó con la proclamación de la I República Española (1873/1874), para que España viviera su primer intento democrático aprobando una Constitución considerada la más avanzada de su historia y la primera democrática de España, que........
