Y levantó la mano la guitarra
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El cielo de Valencia amenazaba con venirse abajo el pasado miércoles 16 de septiembre de 2026. Bajo el rugido ensordecedor de los truenos, los rayos que partían la noche en fogonazos intermitentes y una lluvia torrencial de esas que en esta tierra mediterránea golpean con la fuerza de un diluvio bíblico y parecen arrasarlo todo a su paso, el Roig Arena se erigió como algo más que una proeza arquitectónica.
Se convirtió en un refugio contra el temporal físico y, fundamentalmente, en una trinchera inexpugnable contra el olvido. Lo que se vivió en sus entrañas no fue un concierto convencional ni una cita rutinaria del calendario cultural; fue un exorcismo colectivo, un aguacero en venganza contra la apatía y, al mismo tiempo, un necesario y balsámico barredor de tristezas históricas.
Sobre un escenario de montaje sobrio, despojado de cualquier artificio tecnológico o distracción visual innecesaria, apareció la figura menuda y gigantesca de Silvio Rodríguez. Quienes hemos seguido su trayectoria a lo largo de las décadas pudimos percibir, desde su primer paso en las tablas, una pesadumbre flotando en su lenguaje corporal. Había una nostalgia profunda y severa en su mirada, un peso invisible que parecía reflejar de manera inequívoca la situación límite y agónica que atraviesa el pueblo cubano en estos momentos. En el eco de la afinación de sus cuerdas era imposible no evocar el drama cotidiano de una isla asfixiada en la penumbra: apagones constantes que paralizan la vida, una escasez de combustible que........
