La baba negra
Desde que murió mamá el cuidado de papá recayó solo en mí; mi hermana y su marido se habían largado a una colonia minera en Groenlandia poco antes de quedarme a solas con él, y tras enterrar a mamá jamás volvieron a llamar, ni siquiera para felicitar por su cumpleaños a mi hijo.
Supongo que tuvieron el instinto que a mí me faltó – Vieron que el sur se convertía en un horno y huyeron hacia el hielo –. Yo me quedé aquí, en la humeante Texas, cuidando de un hombre que se derrite en su propia bilis.
Ahora mismo estoy en la fila de suministros del Sector 7. Cuarenta y tres grados. El sol no calienta, aplasta. Cuando llego al dispensador, paso los cupones de «Veterano de Pacificación» por el lector. El plástico está pegajoso. La luz roja parpadea.
— Códigos invalidados por Decreto de Ajuste Bélico 941/2065 —dice la máquina—. Prioridad desviada al Frente Sur.
Miro el cupón – Papel mojado –. El Estado ha decidido que ya no necesita alimentar a sus viejos perros. Me guardo la vergüenza en el bolsillo y salgo de la fila con las manos vacías.
El dispositivo en mi muñeca vibra. Es un bloque de polímero gris, agrietado.........
