Adiós sin testigos
El parque de mi pueblo ya no vibra con gritos y carreras infantiles como antes. Hoy solo habitan ecos mustios, aceras rotas, restos de periódicos y alguna que otra lata aplastada. Pero entre ese abandono, como un faro oxidado que se niega a apagarse, aparece cada mañana la misma silueta: Rosa, esa mujer que desde hace más de 20 años empuja su carrito hasta el mismo banco.
Todos conocen de memoria su rutina: llega puntualmente a las 7:00, coloca su mercancía a lo largo del asiento: de un lado las confituras, en el medio los artículos de aseo y en el otro extremo, los cigarros. Nunca se confunde. El banco es su cafetería y comienza la jornada con la misma frase: «¡Compren que ya casi me voy!», aunque saben que solo se irá cuando caiga la noche.
Suele decir que va todos los días porque «hay que luchar la comida», pero mientras la observo revisar una y otra vez que todo tenga el precio correcto, sé que en el fondo su........
