La buganvilla o el arte de florecer
El suelo todavía suena ahuecado bajo las botas. Hay metros de acera agrietada, que parecen la piel de un dragón que se quedó dormido a medio rugir. El aire huele a humedad y a hierro viejo, pero también, si uno afina el olfato, a algo más. Algo verde y terco que insiste en existir donde todo indica que no debería existir nada.
Regla tiene 74 años y las manos llenas de tierra. Tierra buena que rescató en cubos cuando ella se quedó sola con las llaves de su casa y miles de recuerdos. Hoy esas manos son las creadoras de una buganvilla minúscula que acaba de echar su primera flor.
—Mire usted —me dice, y su voz es la de una mujer que ha llorado por lo........
