menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

¿Por qué el clientelismo asfixia a Venezuela?

11 0
yesterday

El clientelismo político en Venezuela no es simplemente un error de gestión o una mala práctica aislada; es la base fundamental sobre la cual se ha edificado una cultura de dependencia que anula la libertad del individuo. Históricamente, el sistema político venezolano ha operado bajo la premisa de que el Estado es el dueño de la riqueza y el ciudadano un mendigo que debe agradecer las migajas que caen de la mesa pública. Esta relación de patronazgo, donde el político actúa como un protector y el ciudadano como un cliente subordinado, ha sustituido el concepto de "derecho" por el de "favor", transformando la democracia en una transacción mercantilista de lealtades a cambio de necesidades básicas.

Desde una perspectiva teórica, algunos analistas intentan rescatar aspectos "positivos" del clientelismo, argumentando que, en contextos de extrema precariedad institucional, estas redes funcionan como un mecanismo de protección social informal. Se dice que el clientelismo permite que recursos públicos lleguen a sectores donde el Estado formal nunca llega, ofreciendo una respuesta inmediata a una urgencia médica o una carencia alimentaria.

Sin embargo, yo rechazo esta visión por considerarla una trampa de pobreza. Lo que el clientelismo ofrece no es protección, es un analgésico que adormece la voluntad ciudadana mientras la enfermedad de la ineficiencia sigue devorando al país. Lo que parece un beneficio inmediato es, en realidad, el precio que paga el ciudadano por renunciar a su autonomía y a su capacidad de exigir servicios públicos de calidad como un derecho inalienable.

El impacto negativo del clientelismo es profundo y multiorgánico. Destruye la meritocracia, ya que los cargos públicos no se ocupan por capacidad sino por obediencia. Esto condena a la administración pública a la mediocridad y al colapso, pues el funcionario no se debe al ciudadano, sino al jefe político que lo puso allí. Además, el clientelismo drena los recursos del Estado hacia el gasto improductivo y la corrupción, priorizando el mantenimiento de la maquinaria electoral sobre la inversión en infraestructura o educación. En Venezuela, este modelo alcanzó su punto más crítico cuando el control social se digitalizó y se centralizó, utilizando el acceso a la comida y a la salud como un mecanismo de extorsión política, lo que representa la degradación más absoluta de la dignidad humana.

Nuestra respuesta ante este escenario debe ser disruptiva. El antídoto definitivo contra el clientelismo es la municipalización real y efectiva. El clientelismo prospera en la sombra del centralismo, donde las decisiones se toman a cientos de kilómetros de distancia. Por el contrario, cuando el poder se devuelve al municipio, la gestión se vuelve transparente. La municipalización, que yo defiendo, busca que el gobierno local sea el primer respondiente, pero bajo una lógica de eficiencia y no de caridad. Si el vecino sabe cuánto dinero ingresa al municipio y en qué calle se está invirtiendo, el político pierde la capacidad de vender esa obra como un "regalo personal".

La solución técnica a este problema pasa por sustituir las estructuras verticales por nodos de gestión ciudadana. Debemos lograr que los servicios públicos municipales sean gestionados por módulos profesionales, donde la tecnología permita una fiscalización en tiempo real. Al digitalizar la relación del ciudadano con su alcaldía, se elimina al intermediario político que hoy pide el carnet del partido para otorgar un permiso o un beneficio. La autonomía financiera de los municipios es clave: el dinero que se produce en la localidad debe quedarse allí para generar bienestar inmediato, rompiendo la cadena de dependencia que hoy amarra a los alcaldes y líderes locales a los caprichos del poder central en Caracas.

Además, el combate al clientelismo requiere una transformación económica basada en la libre empresa y el emprendimiento. El Estado debe dejar de ser un actor interventor para convertirse en un facilitador. Un ciudadano con un empleo digno, con propiedad privada asegurada y con capacidad de ahorro, es un ciudadano que no necesita vender su voto por una bolsa de comida. La independencia económica es la madre de la independencia política. En la medida en que fortalezcamos la iniciativa privada en cada municipio, estaremos vaciando las filas del clientelismo y llenando las filas de la ciudadanía activa.

En Venezuela, el tratamiento de esta patología social debe incluir también una reforma judicial que garantice la independencia de los poderes locales. No puede haber lucha contra el clientelismo si el sistema de justicia municipal es cómplice de las redes de patronazgo. Necesitamos jueces y órganos de control que respondan a la ley y no a la línea del partido. La transparencia implica que el debate sobre el uso de los fondos públicos sea abierto y constante, permitiendo que las mejores ideas —y no las más leales al jefe— sean las que se ejecuten en beneficio de la comunidad.

Finalmente, el compromiso de los dirigentes políticos tiene que ser con la libertad y la prosperidad de cada venezolano. No buscando cambiar un patrón por otro, sino eliminar la figura del patrón definitivamente. En donde cada venezolano sea responsable de su futuro, apoyado en un Estado municipal eficiente, pequeño y transparente. Superar el clientelismo es recuperar la dignidad nacional; es pasar de ser una sociedad de clientes a ser una nación de ciudadanos. Solo así, con la frente en alto y el esfuerzo propio como motor, podremos reconstruir a Venezuela desde cada municipio, desde cada parroquia y desde cada hogar, asegurando que nunca más el hambre sea utilizada como un arma de control político.


© Informe21