Caracas
Voy a confesar algo polémico: aunque nací en Caracas, específicamente en la Cruz Roja
de La Candelaria, nunca me sentí caraqueño. No soy de esos migrantes que tienen un
cuadro del Ávila colgado en su casa de Buenos Aires, Madrid o Bogotá. ¿La razón?
Sentía que mi ciudad natal y yo no teníamos los mismos intereses. No me gustaba la
música alta, los colores estridentes, el esmog, el bullicio de los carros, el tráfico. Y, a mi
parecer, Caracas no tenía una propuesta cultural que me sedujera. Ya en mi
adolescencia descubrí lo equivocado que estaba.
Si tuviera que llevar a alguien a conocer Caracas, lo subiría en un autobús Mercedes
Benz de la línea Magallanes-Chacaíto, cuya parada inicial se ubica —o al menos eso
creo— frente a la entrada principal del Hospital José Gregorio Hernández, mejor
conocido como Hospital de los Magallanes.
Apenas arrancara el autobús, y pasáramos por ese estacionamiento gigante que todos los
vecinos llamábamos "La Jungla" le señalaría desde la ventana la Iglesia de Los Dolores, y la cauchera donde trabajé por primera vez en unas vacaciones, cuando tenía unos 12 años.
Al llegar a la Av. España, justo enfrente del edificio Cotoperí, me bajaría e invitaría al
visitante a degustar la deliciosa comida árabe de los restaurantes de la Calle Colombia. Esos restaurantes me traen muchos recuerdos: con mi primera novia íbamos a comer dulces a El Arabito, y años después, ya casado, con hijos y viviendo lejos de Catia, siempre volvía algún sábado a desayunar allí.
Después de comer, nos subiríamos de vuelta al Magallanes-Chacaíto para continuar por la Avenida Sucre. Pero antes de doblar, saludaría al Teatro Catia desde la ventana. Ya en la Av. Sucre, le mostraría a nuestro visitante el Parque Alí Primera —o Parque del Oeste—, ese pulmón verde enclavado en pleno Catia, y el Museo Jacobo Borges. También le........
