La distancia exacta
A veces me dicen —y lo dicen con cierto cuidado— que en lo último que escribo hay un tono que no estaba antes. Lo llaman melancolía. Yo los escucho, asiento incluso, pero no termino de reconocerme en esa palabra. Me parece demasiado ordenada para lo que siento.
He llegado a pensar que uno escribe para acercarse a lo que no acaba de entender. No tanto a lo que ha perdido, sino a eso que sigue ahí, sin forma clara, como un recuerdo que no se deja fijar del todo.
Me ocurre cuando camino por Guardamar del Segura. No voy buscando nada concreto. De hecho, creo que si lo hiciera, dejaría de ir. Pero hay algo en ese lugar que funciona sin avisar: basta con estar para que algo se mueva.
El mercado, por ejemplo. Un miércoles cualquiera. Las voces, el ir y venir de la gente, el sonido seco de las monedas, las manos envolviendo pescado en papel. Ese olor que se queda, que se mete en la ropa y en la memoria.
Aunque ya no sea........
