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La miseria de los quiénes

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02.04.2026

La miseria de los quiénes

Hay mucho de miseria moral en que lo que importe sea el quién y no el qué. Vivimos instalados en una balanza selectiva, hecha a medida de nuestras simpatías. El mismo hecho -un insulto, una corrupción, una mentira o incluso una agresión- cambia de color según quién lo protagonice. Si «es de los nuestros», lo justificamos; si pertenece al bando contrario, lo condenamos con furia. Y así hemos perdido toda noción de coherencia, que es -o debería ser- la piedra angular de cualquier ética.

Crecí convencida de que lo bueno era bueno y lo malo era malo. Que había líneas que no se cruzaban: matar, maltratar, violar, acosar, mentir para destruir al otro. Límites gruesos, reconocibles, independientemente de la bandera que llevaras en la solapa. Líneas que se cruzaban a menudo, ojo, pero al menos no se intentaba justificar esa sinrazón. Hoy las líneas se han vuelto trazos de arena: basta una ráfaga de interés partidista y desaparecen. Lo correcto y lo incorrecto ya no se mide en términos morales, filosóficos o religiosos, sino electorales.

Matar es malo, nos decíamos. Luego llegan los matices: ¿y si es en defensa propia?, ¿y si es en guerra?, ¿y si es por la patria? Mentir es incorrecto… salvo si la mentira «es piadosa», si embellece al líder, si protege al partido. Pero el verdadero vértigo llega cuando aterrizamos en lo concreto, en lo que nos atraviesa la piel: la violencia, el acoso, las humillaciones cotidianas. Ahí la doble vara se vuelve obscena.

Lo vemos cada semana en tertulias, redes y titulares que cambian de tono según el nombre propio. Todo se mide según convenga al relato. No importan los hechos, sino quién los firma. Lo intolerable en el adversario se convierte en «error humano» en el aliado. La mentira es «comprensible» si protege a los tuyos, pero «manipulación» si viene del otro lado. Hemos domesticado el bien y el mal hasta dejarlos irreconocibles.

Quizá sea inevitable que la política, por su propia y degenerada naturaleza, busque la justificación de sus actos; lo inmoral es que como ciudadanos aceptemos esas coartadas, que seamos cómplices de este doble rasero degradante del juicio colectivo. Aplaudimos lo que ayer denunciábamos, nos indignamos con lo que mañana defenderemos. Y esa constante oscilación tritura la verdad. No se trata de aspirar a una sociedad de santos, sino simplemente de no convertir la ética en un traje reversible, de no callar ante la injusticia cuando perjudica al otro. Porque cuando los principios dependen del quién dejan de ser principios y se rebajan a consignas de papel mojado y retórica de pancarta. Y entonces ya no hay sociedad, sino bandos atrincherados intercambiando cinismo.

A veces pienso que lo verdaderamente subversivo hoy sería mantener la coherencia:

Aunque lo haya hecho el mío.

La valentía consiste en eso, no en repetir consignas ni en justificar lo injustificable por afinidad. Tal vez algún día entendamos que el progreso moral de un país no se mide por lo que proclama, sino por su capacidad de aplicar los mismos principios a todos, sin excepción.

Lo otro no es política. Es miseria.

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