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El PSOE a la izquierda del PSOE

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21.03.2026

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su comparecencia después del Consejo de Ministros extraordinario de este viernes. / José Luis Roca / EPC

Estamos casi a punto de saber que lo único que sabemos es que no sabemos lo que nos pasa. Porque lo que no imaginamos fue esta sucesión de estímulos que no dejan en paz los horizontes. Nadie, nadie lo supuso. Porque es una cadena de accidentes naturales y de decisiones de hombres dispuestos a dejar en el mundo la huella de su sinrazón. No hay regla internacional que resista esta avalancha. La cuestión es si el terremoto es pasajero o va a ser así siempre –"siempre" podrían ser 10 años-. Yo creo que va a ser pasajero. Aunque, dada su intensidad, dejará suficientes destrozos como para que figure en los libros de historia y para arrasar con la vida de millones de personas. En definitiva, la globalización va a seguir y la mentalidad neoliberal también, aunque con cambalaches internos notables. Y el cambio climático y las pulsiones violentas de algunos enamorados de las guerras. La cuestión será dilucidar cómo recombinar todo eso. Porque enfrente, por así decir, la humanidad también generará respuestas, resistencias. Ya está pasando. Ello no nos conduce a un optimismo desbordante, pero, me parece que nos da la esperanza de que la razón no está absolutamente vencida. La cuestión es no caer en la banalidad del juego moral de buenos y malos, blanco o negro; ni, tampoco, confundir la defensa de ideas e ideales con una añoranza innecesaria.

La partida principal se juega muy lejos: en campos de batalla y de gas o petróleo, en laboratorios de IA, en los sótanos de la Casa Blanca, en las rutas de pateras. Y este es un primer problema: las personas de izquierda -aquí en España, en Europa- pueden decidir que nada hay que hacer, que no hay resquicio para la intervención más allá que los paseos procesionales de banderas y la proclamación de jaculatorias contra el nuevo orden. Es por ello que abundan en las redes o en las barras de los bares las personas de izquierdas que braman contra Trump y, a la vez, se muestran sustancialmente partidarios de no hacer nada, pues nada se puede hacer, incapaces de establecer vínculos intelectuales y políticos entre la gran partida y sus tentáculos dispersos por todas partes. Es patético escuchar o leer, día sí, día también, las predicciones sobre el avance de Vox, como si fuera una fuerza imparable, como si las izquierdas no pudieran elaborar discursos y políticas que contrarrestaran a la extrema derecha. Por supuesto que es difícil, pero no imposible. Lo que pasa es que es más fácil el denuesto y la algarabía, precisamente el territorio que dominan esos populismos. Incluso es más fácil perder que ganar.

Otro tanto pasa con la nostalgia. Entre algunas lecturas reduccionistas de la memoria histórica y muchos socialistas que recuerdan los viejos tiempos de los 10 millones de votos y cosas así, estamos metidos en una jaula sin salida. Cuando Jordi Sevilla proclama una serie de críticas al actual PSOE -que en parte puedo compartir- se le olvida un pequeño detalle: la sociedad actual ya no es aquella, ni parecida en muchos aspectos. Parece que sus opiniones o las de Felipe González, parten de la idea de que el PP es como aquel afable partido de gaitas y disidencias, que era muy difícil que ganara. Y si lo hacía, pues bueno, alguna vez tendría que ser. Y, al fin y al cabo, se conservaban muchos ayuntamientos, diputaciones y Comunidades Autónomas. Y la UE era un mapa de socialdemocracias. Y estaba Pujol a mano. Y una izquierda a la izquierda del PSOE ungida de trascendencia, pero que no mordía. Nada de eso existe ya. La derrota será cruda y sin paliativos, si llega, y ya vemos lo que da de sí Vox para la gobernabilidad y el respeto a la alternancia.

La clave está en la palabra "socialdemocracia", que ha perdido todo su valor intelectual. Ya no hay izquierda que no sea socialdemócrata, salvo por alguna mueca narcisista; incluyendo los que confunden cambiar el mundo en un sentido igualitario con la insumisión. Porque tener discrepancias dentro del bloque de las izquierdas -en materia medioambiental, por ejemplo- no califica a nadie para ser más o menos de izquierdas.

Otra cosa es que el PSOE actual mezcle una gran capacidad estratégica y una pavorosa estulticia táctica, un gran atractivo en el vértice del partido y una debilidad gris en los cuadros medios o bajos. Hay PSOE, pero no sabemos si hay partido, más allá de guerrillas empeñadas en destrozar siglas y experiencias, a veces capitaneadas por miembros del Gobierno. Como "a la izquierda del PSOE", ese batiburrillo de gentes sin proyecto conocido más allá de vibrantes y naifs dicterios moralizantes. Hay un continuo entre las guerrillas socialistas y la gente que habita en partidos y movimientos sin programa y, ya, sin líderes -¡cómo masacraron la racionalidad democrática con primarias, referéndums y otras sandeces!-. Pedro Sánchez, por afición u obligación, ha devenido en el Gran Timonel de las izquierdas europeas. Porque dice y además hace. Criticarle por sospechar de su falta de sinceridad en asuntos como la guerra dice más sobre el crítico que sobre el criticado. Lo cierto es que, ahora mismo, a la izquierda del PSOE sólo está el PSOE, al menos lo que pueda representar Sánchez que, por lo demás, aprendió con provecho de sus aliados -¿también le criticaremos por ello?-. Pedro tiene el lenguaje, ágil y polivalente. Los otros se espesan por momentos, hacen grumos con sus deseos y mixtificaciones.

Llegados a este punto, los izquierdistas empeñados en discutir de lo muy doméstico, como si ahí fuera no hubiera maremotos de peligro y muerte; los socialdemócratas que se imaginan como piezas venerables de museo, defensores de un Estado social inmutable; los verdes que piden energía solar con paneles por todas partes menos en todas partes; los veganos y defensores del animalismo -que no sé por qué son de izquierdas-; los izquierdistas enamorados del sorpasso. Aquí resisten las fuerzas que quizá sean de izquierdas, pero ligadas a proyectos identitarios subestatales: la definición de identidades colectivas como tabla de salvación es otra característica de nuestra época. Veremos para lo que dan. Llegados a este punto, digo, por lo menos podrían unirse por rascar algún escaño, que es que dan pena, esperando desesperadamente a un jefe dotado de carisma. Tampoco insisto: si pierden, le echarán la culpa a Pedro Sánchez, porque estando en la práctica a su izquierda, no estuvo nunca suficientemente a su izquierda.

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