Un pedacito de fe
Sin ella, sin la fe, aunque solo sea un pedacito, no podemos deambular libremente por el mundo, que es grande, enigmático y muy enrevesado. Universo inmenso, plagado de misterios, atiborrado de trampas. Sin ella, sin la fe, aunque solo sea un pedacito, no podremos llevar a cabo tareas sencillas. Como la de descender alegremente los innumerables escalones de casa, los que conducen a la ruidosa calle, al ruedo tumultuoso, y flotar después sobre las puntas delicadas de los pies hasta la administración de lotería. ¿Qué juego de azar tendría sentido sin un pedacito de fe? ¿Qué reiterada y malsana insistencia en esos mágicos numeritos, qué tozuda convicción por esa combinación aparatosa de aniversarios y fechas de nacimiento? Una remota, minúscula, invisible y miserable posibilidad entre doscientos millones. Una alegría gorda, una vida nueva y flamante, un volver a nacer, bañado esta vez en oro fino y guirnaldas, un revestirse por fin de felicidad. Entre doscientos millones. ¿Qué sería de todo ello, de toda nuestra santísima tozudez, de ese tirar al monte, sin un pedacito de fe?
Cuando de conquistar a la persona amada se trata, cuando la cosa va de echar valor y desdeñar los complejos, cuando el asunto no es otro que empujar a patadas los temores y volcarse en la épica noble de la seducción romántica —y menuda épica, y menudo susto recorriéndole a uno el cuerpo—, cuando va de todo esto, de gloria y epopeya, nada hay como un poquito de fe para envalentonarse, para morder un algo de confianza, para remontar el vuelo y surcar los cielos amartelados, las preciosas mieles del amor. Luego viene el porrazo, la cruda realidad, el rechazo categórico, la risa mal disimulada, hasta la burla hiriente, cruel, innecesaria. Pero queda para siempre el recuerdo imborrable de haber intentado la hazaña, de haberse arrojado uno a la arena con entusiasmo y coraje, igual que un héroe mitológico, igual de esbelto y escultural, y eso fue posible merced al tierno y valioso acicate de ese pedacito de fe. Hasta las sensibles y emotivas palabras con que nuestra amada nos rechazó —anda y vete con tu madre, pesao, y arréglate esa muela— adquieren ahora, en la brumosa distancia, un bellísimo sentido. Y es gracias a esa gotita de fe.
Qué sería de nosotros en el último tramo áspero de la vida, en ese recorrido sinuoso y tardío, en esos estrechos y oscuros pasadizos, fríos, desolados, abominables. Qué sería de nosotros sin el firme apoyo de un pedacito de fe. Bastón robusto, estimable. Sin ella, sin la fe, aunque solo sea un pedacito, no lograríamos conservar la calma, no conseguiríamos embridar con éxito ese espantoso monstruo de múltiples cabezas, asiduo protagonista de nuestras pesadillas, no podríamos apenas domar la bestia agria y salvaje de la incertidumbre. Sin ella, sin la fe, aunque solo sea un pedacito, muleta robusta, estimable, nada podríamos.
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