Dame veneno que quiero vivir
Las españolas “se gustan” cuando se miran al espejo.
Cuando tenía quince meses tuve quemaduras de segundo grado en la cara. En uno de esos impulsos por querer descubrir el mundo y, según me cuenta mi madre, en el instante en el que ella se dio la vuelta para coger una taza del armario de la cocina, yo me agarré a los pomos de las puertas inferiores, me puse de pie, cogí el mango del calentador que estaba al fuego con la intención de mirar qué había dentro y me vertí el contenido, café hirviendo, en la cara. Mi madre cuenta que los gritos eran tan espeluznantes que su primera reacción fue meterme la cara debajo del chorro de agua fría y, por consejo de una vecina que estaba de visita, untarme la cara con mantequilla. Lo siguiente que recuerda es mi llanto y el suyo. Un viaje en coche y la prisa por llegar al materno. A los médicos corriendo de un lado al otro y la premura con la que me separaron de sus brazos.
Pasé semanas ingresada y muchísimo tiempo sin poder ver la luz del sol una vez que me dieron el alta. Narra mi madre que aquella noche salió del materno, fue a la iglesia de Santa Rita, y entró de rodillas implorándole a la virgen por mí. Pobre mujer. No hay día que cuente esa anécdota sin añurgarse. Entre las muchas secuelas que me quedaron tras el incidente -pudo........
