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La profanación del tabú

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13 de abril 2026 - 03:07

Desde hace años, el profanador natural del tabú ya no es el artista sino el político, y ese tabú, en concreto, es el campo semántico que ha dado sentido a la democracia tras la segunda guerra mundial. Este cambio de actores tiene su relevancia. Las balas del artista son, por lo general, balas de fogueo, pero en el ámbito de lo político, por el contrario, el lenguaje del poder configura la vida cotidiana, determina el pensamiento e inocula, como diría Klemperer, un veneno lento que preludia la acción. Es probable que más de uno se haya dado cuenta de que las palabras son importantes cuando el presidente de los Estados Unidos, faro occidental, anunció el fin de la una civilización, normalizando el genocidio como posibilidad política. “Occidente no es esto”, escribió, esclarecido, el líder de nuestro partido conservador, impugnando el vanidoso sueño churchilliano del “sí a la guerra” que salió de lo más desprejuiciado de sus filas. Pero la normalización de la jerga de la crueldad en nuestras democracias, del exabrupto nihilista, no puede entenderse al margen de un proceso paralelo de corrupción semántica. Basta pensar cómo el sintagma “democracia liberal” se ha empleado reiteradamente como palabra emblema, para eludir una descripción jurídica precisa de la acción militar perpetrada por el Estado de Israel que ha terminado de forma planificada con la vida de más de 60.000 mil civiles en Gaza. El vaciamiento semántico preludia la ruptura del tabú y así el Parlamento de esa “democracia liberal” aprobaba hace unos días una singular pena de muerte, circunscrita étnicamente a los palestinos de la ocupada Cisjordania e impuesta por un tribunal especial militar. Algunos diputados acudieron a la votación con una soga en la solapa. El empeño en seguir proyectando estratégicamente adjetivos como occidental, democrático o liberal, sobre actores que abiertamente los desprecian a través de sus actos, nos puede condenar no sólo al vaciamiento moral sino a la pobreza cognitiva. En este contexto, un sacerdote nacido en Chicago, León XIV, ha apelado a la justicia de las palabras para romper la banalidad del mal y ha calificado de blasfema la guerra de Oriente próximo, frente a quien quiere parasitar también la lengua del cristianismo. El Papa, ahora mismo el principal contrapoder global, visitará en breve España. Me permito decir que si la propuesta de reforma para constitucionalizar el aborto es políticamente inviable, jurídicamente absurda y socialmente divisiva, también resulta, en estos momentos, profundamente inoportuna.

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