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Castigar a los tuyos

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11.04.2026

11 de abril 2026 - 03:07

Hay una escena que nos gusta evitar: cuando el hijo se equivoca, corregirlo. No da votos en casa, pero ahí se muestra el verdadero amor: exigiendo, no justificando. En la política de España ocurre todo lo contrario y, se lo confieso, me duele como periodista y como ciudadana. Hablando con ustedes escucho una confesión que me hiela la sangre, admiten sin pudor que votaría una y otra vez a su partido, PSOE, PP, Sumar o Podemos, PNV, JUNTS…, pase lo que pase y roben lo que roben. Porque son suyos. Como si la ideología fuese un detergente moral que lo lavase todo. Veamos al presente Gobierno. Pedro Sánchez y su equipo han establecido la ley del silencio. Dicen “contundencia” ante las cámaras, pero la realidad es tozuda: no hay contundencia, ni asumen responsabilidades. Total, cero. Lo cierto es que a ellos la corrupción les importa un rábano. Ahora les da igual y les dio igual cuando presentaron la moción de censura contra el Partido Popular. No fue aquel movimiento porque les escandalizara la corrupción ajena; fue aquel movimiento porque ansiaban el poder. Entonces lo que les importaba era asaltar La Moncloa y ahora, rodeados de sus propios escándalos, lo que les importa es atornillarse en ella. Ni la corrupción de entonces les dolió, ni la de ahora les avergüenza. Su único dogma: sobrevivir. Aquí es donde el votante encuentra su fuerza. ¿Qué gana usted al corromperse y darle la espalda a sus siglas? Conquista dignidad. Sé que duele y decepciona mucho retirar el voto, pero entienda esto: castigar en las urnas no es matar a su partido. Es aniquilar a los que lo han raptado y corrompido. Es la única forma de que el ciudadano, con la papeleta y desde su casa, extirpe la gangrena para salvar el cuerpo. Lo que nosotros exigimos es que se vayan los sinvergüenzas. A nadie le puede gustar la corrupción ni su impunidad. La verdadera decadencia, nos decía Ortega y Gasset, empieza con la rebaja de la exigencia. Cuando el ciudadano actúa en conciencia y limpia su casa, no destruye sus ideales, los rescata. Un juez que absuelve a la suya se hace cómplice. Castigar a los propios duele, pero es el mayor acto de lealtad a la democracia. No vamos a votar para justificar, vamos a votar para exigir. A los nuestros, sobre todo. Si renunciamos a esa exigencia ética sana, habremos vaciado nuestro futuro de sentido.

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