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El dolor de los demás

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tuesday

21 de abril 2026 - 03:06

El dolor es como el nombre, cada uno tiene el suyo y su forma de vivirlo. Es algo tan personal y tan íntimo que a menudo nos cuesta entender el de los demás. Quedan así, para fuera, las palabras de cortesía del que no sabe qué decir, de corazón, y del que no tiene nada dentro para dar y sólo se ciñe a lugares comunes.

Serían las nueve de la mañana cuando me llamaron para decírmelo. La abuela había fallecido a primera hora de aquel día. Estábamos confinados y yo formaba parte del equipo de periodistas de guardia en la tele. Aquella mañana tenía que entrevistar al entonces vicepresidente de la Junta de Andalucía, Juan Marín. Colgué el teléfono y miré la hoja de preguntas, preparadas y listas para imprimir y llevar a plató. Entrábamos en media hora. Dudé si levantarme y marcharme a casa, pero en pleno confinamiento aquello no servía de nada: no podría acompañarla al tanatorio. No podía hacer nada. Así que imprimí las preguntas y terminé de maquillarme.

No dije nada a mis compañeros hasta el mediodía.

Empecé a despedirme de mi abuela cinco años antes de aquel día, cuando llegó el diagnóstico de alzheimer. Su personalidad se fue desdibujando de esa forma tan cruel y dolorosa que sólo conocen aquellos que han vivido de cerca la enfermedad. Ahí era cuando yo lloraba, cuando me apretaba la mano mientras cantaba con ella. De alguna forma, las letras de las canciones que tanto amaba fue lo último en olvidar. Yo las cantaba con ella y le hacía compañía de vez en cuando.

Una semana antes del confinamiento mi madre fue a llevarle la cena por última vez. Quise acompañarla, pero tenía prisa. Cuando la vi salir de casa pensé para mis adentros que nunca me lo perdonaría si aquella era la última oportunidad que tenía de ver a la abuela. Así fue. Pero sí que me perdoné: si no volví, fue por el miedo a llevar el virus a su casa y que su final fuera peor.

Lloré muchas veces en aquellos cinco años, intentando que ella no me sintiera. La despedía un poco en cada visita, hasta que no quedó nada de ella detrás de aquellos ojos negros ni quedaron lágrimas detrás de los míos.

El 22 de abril de 2020 ya no lloré.

Resulta muy difícil ponerse en la piel de los demás, imaginar lo que viven y sienten por dentro, entender cómo lo encaran y cómo lo gestionan. A veces, gracias a la literatura, al cine, a la música, podemos vislumbrarlo durante un segundo, una pequeña ráfaga, pero no, realmente no podemos sentir el dolor de los demás. Sólo podemos respetarlo y acompañarlo en silencio.

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