Risa de Conejo
14 de abril 2026 - 03:08
Llevo un rato tratando de encontrar la palabra (creo que existe) que nombra la sensación –física– que me provoca escuchar al presidente de una democracia “avanzada” decir: “Esta noche morirá toda una civilización”. Lo dice el tipo –uno de los más poderosos del planeta– de la gorrilla de propaganda, los bailecitos cual suegro en un crucero, los sahumerios curanderos en el Despacho Oval, el que lanza ultimátums ante los niños desde un balcón jalonado por una doñacara-cartón y un nota disfrazado de conejo gigante. No encuentro la palabra exacta. En inglés está scary, en alemán das Unheimliche, aunque no sé si acaban de definirlo. En bucle, mi cabeza me remite a mi sobrino de tres años. Le dan mala espina los muñecos tentetiesos, pregrabados, pintarrajeados, autómatas. Los señala con el dedo, frunce el ceño y me dice, instándome a que haga algo inmediatamente ante eso: “Me da susto”.
Lo más aterrador –o casi–, y de paso lo más vejatorio y alienante, son sus chanzas macabras, y reírselas. Hitler no intentaba hacerse el graciosillo, ni hacía declaraciones agarrado al quicio de una portezuela como de váter de caseta. En esto, Putin o Netanyahu mantienen una línea clásica, rollo Milošević o Stalin; te montan una invasión o una limpieza étnica sin hacer morisquetas. El espeluzno que provoca el gerifalte gringo es de otra liga. Mientras instaura a conveniencia su caos, regurgita, se despatarra, extrema la horterada y el tupé, falta al respeto, dice charlotadas del tamaño de Illinois. Grotesco, histriónico. Qué adjetivo lo califica. Sigo buscando.
Hiela la sangre escuchar no ya la voz del pato Donald Trump haciéndose el genial, sino la risa de conejo de quienes en la sala de prensa le ríen la gracia. Hiela la sangre no ya escuchar a Trump gritar que va a acabar con toda una civilización, sino el ensordecedor silencio después. La hiela que haya representantes políticos que se pongan de perfil y que hagan contorsionismo argumental para no decir, a las claras y a la altura de los tiempos, que en una democracia pasarse por el forro el derecho internacional es ética y legalmente intolerable. Nuestros “aliados naturales” lo son hasta que amenazan porque sí con decretos, aranceles, drones, sangre, fuego, y pretenden que les toquemos las palmas. Hay quien se las toca. Qué risa (sardónica).
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