Viernes Santo
03 de abril 2026 - 05:30
CUANDO yo era niño creía que si llovía el Viernes Santo era porque los ángeles lloraban por la muerte de Cristo. Era uno de esos pensamientos mitad mágico mitad cursi en los que todavía incurríamos los párvulos de la Transición. Tras ellos se podían adivinar ancestrales creencias, como de capitel románico, y decimonónicas nubes de piedad burguesa para niños. El mundo todavía tenía jirones de encantamiento, como si aún Frestón no hubiese levantado el vuelo.
Los Viernes Santo de mi infancia ya no tenían el espíritu ascético y penitencial de los de nuestros padres. De ellos escuchábamos con admiración el relato de jornadas en las que apenas uno se podía reír o hablar muy alto, en las que la música profana estaba prohibida y los locutores vestían de riguroso luto. Pero todavía quedaban algunas huellas de aquellos Viernes Santo de suave mortificación. En TVE, la única que había, aún se evitaba cualquier frivolidad y las películas eran de contenido religioso. Los nuevos aires de la democratización se notaban porque el filme elegido era El Evangelio según San Mateo de Pasolini.
En aquellos años que ya son difusa y engañosa memoria llegué a ver, en una gramola de un tascón de Rota, un cartel que avisaba: “Hoy es Viernes Santo. No se puede poner música”. Pero, en general, éramos ya una generación que vivíamos el día sagrado como un aperitivo de lo que sería el verano: playa, pandillas, bicicletas, comidas en los bares... También alguna que otra procesión con un Cristo greñudo de pueblo o una Virgen de una palidez que parecía alcanzada con varias manos de Titanlux. Había otros niños que se quedaban en la ciudad viendo o participando en procesiones que yo no conocería hasta muchos años después, cuando la curiosidad y el arrobo me hacía permanecer en el hermoso y dorado bucle barroco de las cofradías de Sevilla. Pero ya con los años uno vuelve a buscar aquel anhelo infantil de los amplios horizontes que proporcionan el mar de Cádiz o el océano de pámpanos de Tierra de Barros. Porque el Viernes Santo tiene algo de súperdomingo, de jornada festiva por excelencia. Solo hay una cosa que lo amarga: esa pequeña angustia que nos acompaña durante el día, una tristeza disimulada y diminuta que no se sabe muy bien si es la astenia primaveral o el recuerdo –por muy anestesiado que esté por el siglo– de que en el Gólgota, “el lugar de la calavera”, agoniza Jesús el Nazareno. Un pellizco funeral que nubla con sus cirros el alma, aunque el sol luzca en el cielo porque a los ángeles, ya adultos y descreídos, no les ha dado por gimotear.
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