La España que vive a hurtadillas en el banquillo
12 de abril 2026 - 07:01
El desfile de acusados en el juicio contra Ábalos, Koldo -ese “ejemplo para la militancia”, que diría Sánchez- y Aldama por la presunta trama de comisiones en la compra de mascarillas durante la pandemia, refleja la bajeza de aquella pandilla en su particular fiesta de la chistorra. No son unas mordidas de más por la obra de una carretera o la venta de unos terrenos, que de todo hay. Estos desalmados también se enriquecían con el dinero destinado a salvar vidas. Conviene no despistarse con los testimonios de la tal Jessica y compañía porque lo que se juzga es tremendamente soez. Pura maldad cuando morían cientos de personas a diario en este país y no había mascarillas ni para los sanitarios.
La corrupción económica es letal pero la moral es la peor. Cuando la democracia no resulta útil para gestionar el día a día le abre la puerta a los populismos extremos. Cirujanos con la mano de hierro. Vivimos una época tan indignante que nos imaginamos a Torrente de presidente. La historia se repite. Y pese a todo, el Gobierno de Sánchez resiste, lo que significa que estamos rodeados. El problema para la tercera España honesta a carta cabal, la que defendía Chaves Nogales, la que huye de la polarización, es que si gira la vista a la derecha el panorama no es más alentador. Estos días también arrancaba el juicio de la operación Kitchen, una de las tramas más graves de las cloacas del Estado. El Gobierno de Rajoy destinó fondos públicos al espionaje y el chantaje para tapar su propia corrupción y proteger a la cúpula del PP. Bien sabe Pablo Casado cómo las gasta su partido cuando ve peligrar su suerte.
El día que preguntó si era normal que el hermano de Ayuso se llevara una comisión por la compra de mascarillas para los madrileños, cavó su propia tumba. No estamos ante nuevos escándalos políticos, asistimos a la quiebra del Estado de derecho. Pero el PSOE y el PP tienen tan narcotizada a la sociedad con su propaganda que apenas se distingue entre ambos. Que los dos principales partidos ofrezcan refugio a esa España transversal y pícara, que vive a hurtadillas, llegando a tales cotas de gobernanza es terrible porque merma cualquier posibilidad de futuro. Ignoramos si Ábalos fue socialista, pero forma parte de la cultura del poder ligado a las comilonas y clubes de alterne propia de los 80. El mismo que -al frente de Transportes y con la ayuda de Puente- nada hizo por mantener las carreteras y los trenes. Ya es hora de que alguien asuma su responsabilidad tras la tragedia de Adamuz. Que no distraigan nuestra atención.
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