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Diablo de país

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08.03.2026

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En los periodos electorales la sensibilidad de la gente está a flor de piel, porque los bombardeos de las campañas y sus presiones mediáticas van ... calando en el ánimo de los ciudadanos, con independencia de cuáles sean sus preferencias a la hora de votar. No es desdeñable el hecho de que llevamos meses en los que las llamadas a las urnas planean sobre nuestras cabezas, bien sea en la propia autonomía o en otras más o menos distantes. Tal vez se perfile en el horizonte una convocatoria general, pero, por más cábalas que hagan los llamados politólogos, la decisión obra en manos del único personaje con capacidad para disolver las Cámaras. Y no tiene ni prisa ni ganas.

De un tiempo a esta parte, no faltan en las tertulias radiotelevisivas consideraciones acerca de lo bien o lo mal que van las cosas en España, y hasta qué punto el futuro votante debe ponderar con seriedad, tino, rigor y sin apasionamientos el destino de su papeleta. Ignoro la proporción de sesudas reflexiones que cada uno tiene para su caletre, aunque más bien me inclino a pensar que el voto de la mayoría está ya decidido de antemano. Lo cual abunda en lo redundante de las campañas al uso, ritual consolidado que hay que oficiar cuando toca.

Lo que se percibe en las conversaciones de la calle es que si la economía va como un cohete, la deuda no le va a la zaga; que las carreteras están mal, muy mal, y de los trenes, ni hablemos; que la burocracia administrativa es como un paquidermo patizambo; que la corrupción sigue rampante; que el paro (encubierto o explícito) va desbocado; que servicios públicos como correos (antaño modélico) andan de capa caída; que la vivienda supone un problema insoluble para los jóvenes y los no tan jóvenes; que la vida en los medios rurales agoniza; que la inmigración descontrolada asusta a mucha gente, acaso por prejuicios injustificados o por falta de explicaciones razonadas; que los docentes se encuentran desmotivados; que la clase antes denominada media se va quedando en las raspas; que los impuestos acogotan al autónomo, al pequeño empresario y al público en general; que el número de mujeres agredidas o asesinadas ha marcado un fatídico inicio de año; que los asesinos de ETA tienen vía libre para salir de las cárceles y ciscarse en sus víctimas; que los mandos policiales no se enteran de que al otro lado del tabique se produce una violación; que la izquierda vive abducida por un cínico; que la izquierda de la izquierda, chapoteando entre el ser y la nada, da palos de ciego sin dar un palo al agua; que la derecha no sabe si mata o espanta; que en la derecha de la derecha, más dura será la caída cuando les baje el subidón (memento homo).

Pero, con todo y con eso, miro a mi alrededor y sigo pensando que por muchísimas razones España es el mejor país del mundo para vivir.

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