Su guerra (y la de todos)
El conflicto en Irán ha provocado una gran división entra las figuras representativas del movimiento MAGA. Unos apoyan la intervención militar con fervor y otros se oponen con igual intensidad o no se muestran totalmente convencidos al respecto. En el primer grupo hallamos a comentaristas como Ben Shapiro y Mark Levin y a los senadores Lindsey Graham y Ted Cruz. El segundo lo lidera otro comentarista, Tucker Carlson, junto a Candace Owens y Megyn Kelly. En ambos grupos, sin embargo, se aportan distintas razones para declararse a favor o en contra del ataque. Lo curioso es que, como dice Shapiro, algunos de los que no están de acuerdo con esta decisión del presidente atacan a mucha gente… menos al presidente.
Vemos aquí cómo funciona el culto a la personalidad. El error no puede ser atribuido a Trump; alguien lo está manipulando, ya sean los neocon del Congreso, el primer ministro israelí Bibi Netanyahu, los cabecillas de una conspiración judía internacional o los presentadores de Fox. Para Carlson, por ejemplo, la única explicación posible es que a Trump le han convencido, enseñándole unas encuestas manipuladas, de que esta maniobra en Oriente Próximo le viene bien políticamente. Megyn Kelly se ensaña con Lindsey Graham, quien, de una manera un poco caricaturesca, parece haberse otorgado a sí mismo el papel de líder moral y militar en esta operación, ocupando el espacio del comandante en jefe. Carlson y Kelly hablan de la guerra de Israel, de la guerra de Levin y Shapiro, de los halcones… Pero nunca señalan directamente a Trump. No hablan de la guerra de Trump, del hombre que dio la orden (un invitado al programa de Carlson manifestó su preocupación porque cree que Trump «no tiene el control»).
Teniendo en cuenta la manera personalista en que ejerce el poder este presidente, esta forma de desviar la culpabilidad parece un tanto llamativa. E intencionada, claro. De ese modo no irritan a su audiencia, mayoritariamente trumpista. Sus espectadores prefieren escuchar que Trump está siendo engañado a escuchar que Trump ha tomado una decisión (en palabras de Carlson, «asquerosa y malvada») que puede resultar perniciosa para el país. Según Kelly, Lindsey Graham, cuando interviene en televisión, parece sediento de sangre, con ganas de matar gente, siempre anteponiendo los intereses israelíes a los americanos. Pero, ¿y Trump? ¿Qué actitud muestra Trump cuando presume de aniquilar a los líderes iraníes? ¿No exhibe el mismo regocijo en las masacres que el lacayo enviado a la televisión para defenderlo? Carlson y Kelly retratan a Trump como una suerte de víctima de malos consejeros. Cuando acierta, es solo él; cuando yerra, son las malas compañías. No podía ser de otro modo en MAGA, un movimiento tan político como religioso (o incluso más religioso que político). El diablo (se supone que a través de Israel) lo engatusa mostrándole caminos incorrectos.
Esta postura no es muy valiente ni intelectualmente honesta. Y es una lástima. Porque es interesante observar, por ejemplo, cómo Carlson entrevista a Mike Huckabee, el embajador de Estados Unidos en Israel. En la conversación se puede identificar el corazón de un reportero: preguntas incómodas, no bullshit, un combate dialéctico propio de alguien que se ha estudiado la lección. Pero a uno le desilusiona comprobar que no aplica las mismas técnicas periodísticas con los neonazis o los historiadores revisionistas. Ocurre que algunos versos sueltos de MAGA abrazan la disidencia por las razones equivocadas. Candace Owens sí que se ha atrevido a denunciar a Trump, incluso calificando de «traición» su alianza con Israel. El problema es que Owens defiende la dignidad del pueblo palestino al tiempo que se pierde en teorías retorcidas que suelen desembocar en tragedias como la que ella ahora denuncia.
Esta es la guerra de Trump, ordenada por Trump y liderada por Trump. En eso sí tiene razón Shapiro. Y quienes tengan un problema con la guerra han de dirigirse a su autor, el presidente republicano actual, quien, harto de las discrepancias, ya excomulgó a Carlson del movimiento. Pero no sabemos si este último volverá a MAGA cuando sea necesario (o si realmente se fue). Recordemos cuántos comentaristas anti-Trump, firmadores de manifiestos en su contra, acabaron convirtiéndose en sus defensores más fanáticos. Al final mandan los suscriptores/feligreses. La disidencia existe porque todavía es rentable, como la fantasía conspiranoica. Cuando deje de dar votos y dinero (conceptos semánticamente similares en el contexto de la política estadounidense), se reinventarán otra vez, como hizo en su momento JD Vance, quien ha estado sospechosamente desaparecido durante esta época de bombardeos. Trump dijo que su vicepresidente, a quien se le escuchó en el pasado posicionarse en contra de las intervenciones militares, no estaba muy convencido de la estrategia en Irán (aunque, por supuesto, en público, no ha hecho más que justificarla con la boca pequeña). Puede que Vance ahora se esté preparando para una futura candidatura presidencial como una alternativa a Marco Rubio, el miembro del Gobierno más visible de esta política exterior.
Porque es la guerra de Trump, sí, pero la heredarán todos, partidarios y no partidarios, cómplices activos y escépticos silenciosos. Y, cuando se empiecen a padecer las consecuencias, alguien tendrá que ofrecer un historial antibelicista más o menos coherente, distinguiéndose así, frente a los miembros de MAGA, de la herejía intervencionista que confundió a su mesías, involucrándolo en un conflicto largo y destructivo que puede acabar determinando su legado. n
