El siglo de las grandes crisis
Creo que fue Jon Juaristi quien escribió este verso memorable: «Hay que darse prisa en hacerse antiguos». No tengo el libro a mano y quizás la cita no sea exacta, pero sí su sentido. La memoria –ese hacerse antiguos– nos permite evitar el falso señuelo de las modas y entender mejor las dinámicas que nos llegan del pasado y nos empujan hacia adelante. En ello radica también el conocimiento histórico de los pueblos milenarios.
La guerra de Irán reúne a dos de estos países ancestrales –Israel y Persia– y a una nación moderna –los Estados Unidos–. La percepción del tiempo, para ellos, tiene que ser distinta: la paciencia de unos frente a la impaciencia de otros. Y no solo esto. Cuentan los relatos clásicos que Alejandro Magno se enfrentó al reto del nudo gordiano: quien fuera capaz de deshacerlo conquistaría el mundo. Alejandro no consiguió desatarlo, por lo que, furioso, desenvainó la espada y cortó el nudo de un tajo. La impaciencia se convirtió para él en una maldición. Su reino sería tan fugaz como la violencia del golpe que había asestado.
Las guerras pueden plantearse en formato breve o al modo de un enfrentamiento que se prolonga de generación en generación. La mirada histórica de China, Irán, Israel o la de la vieja Roma no coinciden con la de los imperios más recientes. La estrategia militar del régimen chií consiste en prepararse para un conflicto largo, con distintos grados de intensidad y con el claro objetivo de resistir más que el adversario. Para ello, han procedido a atomizar el ejército y la guardia revolucionaria, que actúan de forma independiente aunque seguramente con unos protocolos previos. Han escondido parte de su arsenal más avanzado en búnkeres repartidos por la vasta y montañosa geografía del país. El uso de proxies, como Hezbolá en el sur del Líbano, busca dividir el foco del ejército israelí, a pesar de que incremente los costos a pagar por la población civil. Por su parte, el cierre del estrecho de Ormuz y los ataques balísticos a las plataformas petrolíferas de los Estados del Golfo y a las bases americanas allí establecidas pretenden dañar la economía glo
bal con un nuevo shock petrolífero de consecuencias difíciles de calcular en el caso de que se prolongue su impacto. Teniendo en cuenta además que, ni siquiera con una incursión terrestre, sería fácil abrir el estrecho al tráfico marítimo.
¿Dará Trump por concluida la guerra de forma inesperada? Es tan probable como imprevisible. Pero todo lo que no conduzca a un cambio de régimen será interpretado como un fracaso de la iniciativa americana. Lo será para las demás potencias y para los países del Golfo. Lo será sobre todo para Israel, dado que este conflicto tiene para él un carácter existencial. Y esta guerra será un fracaso también para todos nosotros, convertidos en víctimas colaterales de una contienda que nos resulta ajena en gran medida.
El estrecho de Ormuz no es solo un corredor de petróleo: por él circula una quinta parte del crudo mundial, un tercio de los fertilizantes del planeta y el gas que calienta hogares desde Tokio hasta Lisboa. La escasez irá de la mano de la hiperinflación, abriendo la puerta a una nueva crisis económica de gran magnitud. Quizás alguien bautice en el futuro a nuestra época como «el siglo de las grandes crisis». Se ha declarado, al menos, una por década. Y hay algo angustioso en este hecho, pues realmente quienes pagan el precio son siempre los mismos.
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