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El enjambre

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A menudo, he escrito sobre el demonio del mediodía, al que los autores clásicos identificaron con la acedia. Para los griegos, la acedia consistía en abandonar a los muertos en el campo, convertidos en carroña para los animales. Más adelante, empezó a reflejar el descuido del alma, que es como decir de la persona en su totalidad. El hombre negligente cedía así al desarraigo existencial o a la frivolidad de los sentidos. De modo simbólico, el demonio del mediodía representa el peligro al que uno se enfrenta cuando ya no cree en sí mismo ni en los demás. Carente de auténtica esperanza, deprimido o desorientado, el individuo cae en una especie de vacío interior que en ocasiones degenera en hiperactividad —en un intento de llenar el tiempo con espejismos para evitar afrontar la realidad— y en otras en una angustiosa estrechez. Tristitia, la llamaban los romanos. Es tristeza y es algo más que tristeza.

Es curioso comprobar cómo las categorías conceptuales del pasado siguen iluminando algunos recovecos de la psicología humana y de las relaciones sociales. Para los románticos alemanes, por ejemplo, el estudio de la demonología permitía clasificar las tentaciones recurrentes del alma. La acedia era una de ellas y sigue siendo una de las enfermedades de nuestro tiempo, si hacemos caso a los estudios de Dom Nault. Pero no es la única. Cada uno de los ángeles caídos, con sus linajes y jerarquías míticas, personificaba una tentación específica. El más famoso fue Belcebú, cuyo nombre significaba originalmente «el señor de las moscas». Su dominio tiene que ver con el dios cananeo Baal, convertido en un enjambre cuyo zumbido incesante atormenta las conciencias con pasiones incontroladas, ideas falsas, miedos, dudas y obsesiones de todo tipo. Para el académico francés Pierre Perrier se trataría del entorno –o el ambiente social– que busca degradar la imagen que tenemos de nosotros mismos, sometiendo la verdadera libertad a otra engañosa y esclavizante. Creo que no cuesta mucho reconocer en este zumbido obsesivo una de las patologías propias de la época: un ruido constante, algorítmico, ideológico y publicitario, diseñado para mantenernos agitados, nunca en fructífera soledad con nosotros mismos. Se trata de un clima moral que, con el señuelo de la emancipación, fabrica nuevas formas de servidumbre, a menudo asfixiantes.

Fue en sus diarios de la II Guerra Mundial donde el escritor alemán Ernst Jünger planteó una interesante fenomenología del mal recurriendo también a estas jerarquías. Leemos: «Grüninger, que había estado conversando con un teólogo: El mal aparece siempre como Lucifer, luego se metamorfosea en Diablo y acaba mostrándose como Satanás. Es la progresión que va del Portador de Luz al Disgregador y luego al Aniquilador, o, en el reino de las vocales, los tres sonidos: U, I, A». La etimología nos proporciona la hermenéutica. El nombre de Lucifer, el ángel más bello, significa portador de luz (Lux-fere), dando a entender que el mal se presenta en primer lugar como un bien. Diabolus (del griego, dia-ballein) nos remite no solo a la mentira y la calumnia, sino también a su condición de divisor. Al seguirlo, la persona se disocia interiormente, las familias se rompen, al igual que la sociedad. Finalmente, en esta escala descendente, el mal se presenta ya como Satanás, el gran destructor. La progresión de vocales tónicas, por su parte, UIA, remite al uso de las voces magicae que hacía el gnosticismo antiguo y también la Cábala. Para estas tradiciones, el sonido de las vocales invocaba la esencia de lo nombrado.

Al igual que sucede con el demonio del mediodía, Belcebú, Lucifer, el Diablo, Asmodeo, Mammón y tantos otros actúan como máscaras del mal. Cambian los nombres, no la sustancia. Y lo que esa sustancia destruye es siempre lo mismo: primero la luz, luego la forma, y al final la vida misma.

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