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Cuidado con los magnicidios

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06.03.2026

Los magnicidios, es decir, los crímenes contra jefes de Estado o de gobierno, no son cosa nueva. El Ayatolá Jameini, líder supremo de Irán, acaba de ser enviado al más allá por un ataque de los Estados Unidos e Israel. Entre los iraníes en el exilio ha habido algarabía, lo mismo que en Israel. Entre los aliados de Estados Unidos, tensa calma, aunque Francia, Reino Unido y Alemania apoyaron el ataque contra Jameini y su cúpula de militares de la Guardia Revolucionaria, fuerza armada que mantiene al régimen teocrático a sangre y fuego contra su propia población. España fue la excepción y ya está avisada por Estados Unidos que recibirá su merecido. Pero hay que ser muy cuidadoso con los magnicidios porque pueden generar un efecto búmeran mediante el cual los jefes de Estado y de gobierno de los países occidentales no están exentos de peligro. En el siglo XIX y principios del siglo XX hubo una ola de crímenes contra reyes y presidentes perpetrado por los anarquistas en nombre de “un mundo mejor”. En 1891 fue asesinado de un bombazo el zar de Rusia Alejandro II. En 1898 le tocó el turno a la emperatriz de Austria, la recordada Sisi. En 1900 cayó abatido por otro anarquista el rey Humberto I de Italia. En 1908 los anarquistas liquidaron al rey de Portugal Carlos I y al príncipe heredero Luis Filipe. La reina Victoria fue objeto de ocho atentados, gracias a Dios sin consecuencias fatales. Los reyes Alfonso XII y Alfonso XIII también fueron víctimas de atentados anarquistas. Alejandro I de Yugoslavia cayó en Marsella junto al ministro de Relaciones Exteriores Louis Barthou. Los presidentes tampoco estuvieron fuera de la mira de los anarquistas. El presidente de los Estados Unidos William McKinley murió a manos de un anarquista polaco. Igual suerte corrieron tres presidentes del gobierno español: Cánovas, Canalejas y Dato. El más recordado de los atentados anarquistas, por las terribles consecuencias que trajo para el mundo, fue el del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, que desencadenó la I Guerra Mundial y que, a su fin, terminó con las dinastías Romanov, Hohenzollern y Habsburgo. Por supuesto que estos atentados anarquistas tenían una “filosofía”: la “propaganda por el hecho”. “Esto implica predicar con el ejemplo. Su puesta en práctica buscaba elevar un conflicto latente al grado de conflictividad explícita, generando un elevado grado de incertidumbre social que obligue a la mayoría a salir de su indiferencia y adoptar posturas distintas para resolver el conflicto” (algo que se ha tratado de hacer en Venezuela e Irán buscando la implosión del régimen). Nótese que aquí los “malos” eran las monarquías y hasta las repúblicas, y los “buenos” los anarquistas que buscaban la igualdad social. Esta epidemia de magnicidios en nombre de la humanidad se torna hoy más peligrosa que nunca para los líderes occidentales, pues podría desencadenar una ola inversa de asesinatos donde ningún mandatario, ni el mismo Donald Trump, queda libre (él mismo se salvó por una oreja de un atentado perpetrado por un demente). Que Jameini haya muerto con su cúpula es una buena noticia, pero las consecuencias pueden terminar en un reguero de atentados contra líderes occidentales, pues se ha abierto una peligrosa puerta vedada por un derecho internacional que ha dejado de existir. No por nada el presidente francés viajó esta semana en el avión presidencial escoltado por seis Rafale.

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