El voto del corazón oscuro: siempre en contra
Hoy votamos, pero ¿qué nos mueve al momento de decidir? ¿Un “sí” entusiasta por un proyecto de país, o un “no” contra los candidatos que nos resultan intolerables? Entre los votantes independientes abunda la segunda respuesta, es decir, el “anti”. Este revelador hallazgo fue publicado en 2024 en el Journal of Experimental Social Psychology. El estudio analizó datos del Pew Research Center, de cuatro elecciones presidenciales estadounidenses (2000-2020), y los investigadores Joseph J. Siev, Daniel R. Rovenpor y Richard E. Petty descubrieron algo contraintuitivo y profundo: no son los electores partidarizados los que votan con más negatividad, sino los independientes. Mientras los simpatizantes de un partido determinado afirman “voto por mi candidato”, la mayoría de los independientes reconoce abiertamente que vota contra el que no soporta. A medida que aumenta el rechazo a las etiquetas ideológicas y partidarias, el voto negativo gana terreno alrededor del mundo. Mientras el partidista se define por afirmación, el independiente lo hace por negación; y esa orientación psicológica hacia lo negativo va más allá de la política. Los mismos investigadores replicaron su estudio en las rivalidades deportivas, encontrando que los hinchas prefieren oponerse a un equipo antes que apoyar activa y alegremente al suyo. Y es que, al parecer, el tribalismo negativo está muy enraizado en la naturaleza humana. Un estudio más reciente muestra un atajo mental cada vez más usual en las urnas: el atractivo afectivo. Kevin D. Killian, en Current Psychology (2025), desarrolló una escala de siete puntos explicando por qué muchos votantes son atraídos por candidatos que mienten frecuentemente, ignoran la evidencia científica o no exhiben empatía. El estilo —la forma en que lo dicen, la energía sin filtro, la narrativa audaz— pesa más que las políticas concretas. Este atractivo se asocia con la tolerancia a la incivilidad, la baja alfabetización democrática y rasgos de la llamada Tríada Oscura (maquiavelismo y narcisismo). Para el mordaz escritor Gore Vidal: “Persuadir a la gente para que vote contra sus propios intereses ha sido el genio asombroso de la élite política estadounidense desde el principio”. Hoy ese genio opera con algoritmos, emociones primarias y no solo en Estados Unidos. La polarización afectiva —el odio al “otro bando” más intenso que el cariño al propio— se ha profundizado en ambos lados del espectro, según datos del American National Election Study (ANES) y Pew Research hasta 2024-2025. Las emociones negativas (miedo, ira, desprecio) movilizan con mucha más fuerza que las positivas. La democracia se parece más a una revancha emocional que a un sistema racional. La salud de una democracia depende de que un número suficiente de ciudadanos —partidarios o independientes— decidamos que el “corazón oscuro” del voto negativo no sea el que late en las urnas. El coraje cívico consiste en votar a favor de la sociedad que aspiramos a ser. Hoy, en las urnas, tengamos la humildad y la grandeza de intentarlo. (Reflexión publicada en domingo electoral. Los estudios citados son públicos y verificables.)
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