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La Virgen y “El Mencho”

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“El Mencho”, el narco más buscado y famoso del mundo, ha muerto. Para muchos no hay duda de su destino final. Para otros nadie tiene destino final porque no hay otra vida después de la vida. A hierro vivió y a hierro murió. Intrínsecamente ateo y por ello mismo incrédulo absoluto de la salvación, sólo quería vivir y gozar de la vida y no le importaba salvarse del pecado sino de los peligros de cada jornada. Pero “El Mencho” rezaba a sus santos y los tenía al borde de su cama. Él les profesaba una fe deformada porque la utilizaba para justificar lo que bien sabía que era el mal pero le daba riqueza y poder, sus únicos dioses tan terrenales como el plomo que empleaba para imponerse. En la cabaña de lujo, donde el ejército mexicano lo encontró después de 30 años, no se halló ningún trazo de brujería, sino un pequeño altar dedicado a la Virgen de Guadalupe, a san Judas Tadeo –santo de las causas imposibles–, a san Charbel, patrono de los enfermos, veladoras encendidas, flores y otros objetos de su particular devoción. La Virgen de Guadalupe es más que una virgen, es la madre de todos los mexicanos sean de donde sean y crean en lo que crean. San Judas Tadeo y San Charbedl, lo mismo. No son el apóstol menos conocido y más ignorado por la Escrituras, ni tampoco el monje ermitaño maronita libanés que vivió en la extrema pobreza. Son el santo de los imposibles y el santo de los marginados entre los marginados. Ratificando que Dios le quedaba muy lejos y que sólo lo invocaba para que lo aleje de los peligros, tenía escrito de su puño y letra en su pequeño altar, el psalmo 91, 10-13 que a la letra dice: “No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda… caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones”. Era un malvado, sin duda pero tenía un código: respetar a los sacerdotes y pastores evangélicos, médicos y maestros. El delincuente contumaz no confronta su fe, cualquiera que esta sea, heredada o no, ruda o sutil, con la maldad de su propia vida. Sus cristos y sus vírgenes son amuletos endiosados por sus carencias y sus ambiciones. No son un signo de religiosidad primitiva sino uno salvaje de esta modernidad que nos abate y a la que no le importa la trascendencia sino el fogonazo efímero del placer por el que se mata y por el que se muere. Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, era su nombre verdadero. “El Mencho” su alias de esta vida y, quizás, de la otra.

Jorge.alania@gmail.com

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