¿Por qué el cable chino provocó un “cortocircuito” entre el gobierno de Boric y los Estados Unidos? Por Jorge Schaulsohn
El gobierno debió anticipar que un proyecto de esta magnitud, con participación china y punto de partida en Hong Kong, tendría repercusiones en Washington, y tomarse en serio las aprehensiones de EE.UU. No se trata de someter decisiones soberanas al visto bueno de otra potencia, sino de entender el contexto geopolítico en que pasan las cosas y hacerse cargo, evitando que el conflicto escalara.
Un conflicto inédito. En el ocaso de su mandato las cosas no han sido fáciles para el gobierno, que pese a una intensa campaña para promocionar su obra y legado, terminó a la defensiva por su manejo de las cuentas fiscales.
Sin embargo, la “liebre” saltó por donde nadie lo esperaba: un conflicto inédito con Estados Unidos que, ante el asombro de la población, prohibió el ingreso a su territorio nada menos que a tres altos funcionarios de gobierno, entre ellos un ministro de Estado y su subsecretario.
De pronto vimos al embajador norteamericano dando una conferencia de prensa, criticando ácidamente al gobierno y calificando de “irrisoria” la versión oficial sobre el impasse por el cable submarino que uniría a China y Chile.
Defendiendo las sanciones, acusó al Ejecutivo de haber prestado oídos sordos a sus reiteradas advertencias y amenazó con el fin de la “Visa Waiver”.
Un desplante que no veíamos desde la década de los 70 y que, a los que somos más viejos, nos recordó los tiempos de Nathaniel Davis, el enviado de Richard Nixon que jugó un rol importante en la crisis que acabó con la democracia.
Versiones contradictorias. Lamento tener que decirlo, pero el manejo improvisado y poco riguroso con la verdad, las versiones contradictorias y el ocultamiento de información por parte del gobierno traen a la memoria el bochornoso episodio de la compra fallida de la casa del expresidente Salvador Allende.
El gobierno, que sabe que el proyecto es inviable, en vez de hacerse cargo del impasse y resolverlo optó por mantenerse firme, para no aparecer cediendo ante las presiones “imperialistas”; y traspasarle el costo de solucionar el problema a su sucesor
Como dijo Mao Zedong, “cuando la temperatura es la correcta, un fósforo puede encender el bosque”; y eso es exactamente lo que pasó, porque el presidente Gabriel Boric en el último tiempo, no había dejado pasar ninguna oportunidad para criticar a Donald Trump.
Es decir, ya existía un clima enrarecido y de desconfianza, al que se suma el rol protagónico que jugaron los subsecretarios de Telecomunicaciones Claudio Araya y de las FF.AA. Galo Edelstein, ambos militantes del Partido Comunista, en la tramitación “exprés” del proyecto y gestiones que aún no están del todo claras.
Nuevo contexto global. Entrando al fondo del asunto, desde un punto de vista económico y tecnológico, el proyecto tiene sentido porque permitiría diversificar rutas, atraer data centers y consolidar a Chile en la economía digital.
China es el principal destino de nuestras exportaciones desde 2009, por lo que aparece como un socio natural para financiar y desarrollar la infraestructura. Por eso la idea fue impulsada originalmente por Sebastián Piñera, quien buscaba convertir a Chile en un “hub” digital entre Sudamérica y Asia.
Pero en el nuevo contexto global, los cables submarinos dejaron de ser simples autopistas de datos y pasaron a convertirse en infraestructura crítica, pues por ellos circula buena parte del tráfico financiero, gubernamental y militar del planeta.
Lo que obliga a considerar si las aprensiones de nuestro otro principal socio comercial y aliado son o no un mero capricho ideológico, sobre todo porque la competencia tecnológica con China es un eje central de la política exterior norteamericana.
No hay que olvidar que estas desconfianzas sobre el control de datos llevaron a que el Congreso de Estados Unidos, bajo la administración de Joe Biden, aprobara una ley que obligó a la empresa china dueña de TikTok a venderla a un consorcio norteamericano; so pena de prohibirla en su territorio.
Las cosas también han cambiado mucho en Hong Kong, bajo las nuevas leyes de Seguridad Nacional impuestas por Beijing, que tomó el control total del territorio, irrespetando los acuerdos con el Reino Unido, que dejó de ser percibido como una jurisdicción plenamente autónoma.
El problema no es Chile, es China. La pregunta entonces es si es razonable pensar que un cable con participación china podría facilitar el espionaje o la interferencia por acceso indebido a datos sensibles en caso de conflicto.
Según los expertos, el control sobre su operación, mantenimiento y “estaciones de amarre” abre zonas grises: en un escenario de tensión mayor, el acceso privilegiado a nodos críticos puede ser un factor de riesgo estratégico. Desde la lógica norteamericana, el problema no es Chile, es China.
El gobierno de Boric debió anticipar que un proyecto de esta magnitud, con participación china y punto de partida en Hong Kong, tendría repercusiones en Washington, y tomarse en serio las aprehensiones de EE.UU.
No se trata de someter decisiones soberanas al visto bueno de otra potencia, sino de entender el contexto geopolítico en que pasan las cosas y hacerse cargo, evitando que el conflicto escalara, como sucedió, hasta convertirse en un enfrentamiento público.
Ahora bien, la reacción de Estados Unidos, en términos políticos, es del todo inapropiada, tratándose de un gobierno democrático y aliado histórico en el hemisferio. Un gesto hostil que solo se puede entender por la animadversión (retribution en el lenguaje del presidente de Estados Unidos) hacia Gabriel Boric.
Sobre todo, considerando que al gobierno le faltan días para dejar el poder y que la decisión final del asunto estaba en manos de José Antonio Kast, un compañero de ruta afín a la filosofía política del presidente Trump.
Amistad simultánea. En este contexto es necesario preguntarse: ¿Puede Chile ser amigo de China y de Estados Unidos al mismo tiempo? En teoría la respuesta es sí, y así ha sido por décadas. Pero en el nuevo escenario mundial habría que agregar que ello solo es posible, en la medida en que ambos acepten esa amistad simultánea en un contexto de creciente rivalidad.
Cuando la competencia se agudiza, el margen de maniobra se estrecha y países como el nuestro se enfrentarán a presiones que buscan definiciones implícitas, aunque nadie exija una declaración formal de alineamiento.
Para nosotros, la lección de este episodio es que la defensa de la soberanía no debe confundirse con indiferencia ante las realidades del poder global; que gobernar en el nuevo orden mundial que se está forjando implica navegar entre gigantes sin caer en provocaciones innecesarias ni alineamientos automáticos.
Que el equilibrio es posible, pero requiere prudencia estratégica, coherencia política y una diplomacia profesional capaz de anticipar los costos de cada decisión, antes de que un cable submarino termine convirtiéndose en un cortocircuito diplomático.
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