La insoportable levedad del apoyo a los gobiernos. Por Pepe Auth
El respaldo a los gobiernos es estable y permanente para quienes se identifican ideológica y políticamente con éstos, pero frágil e insoportablemente leve para la mitad de la población que se relaciona con las autoridades de manera contractual, en una suerte de do ut des, el voto a cambio de beneficios, de mejores condiciones de vida.
Como es sabido, no habían transcurrido tres semanas desde que asumiera Gabriel Boric la presidencia de Chile después de un categórico triunfo en segunda vuelta, para que en la encuesta Cadem el rechazo al presidente se impusiera al apoyo. Terminaba así la más breve luna de miel gubernamental conocida hasta entonces. Es que el 56% obtenido no era un voto a las ideas refundacionales de Gabriel Boric sino el rechazo a la continuidad de la derecha en el poder, como quedó en evidencia sólo 6 meses más tarde con el resultado del plebiscito a la constitución de la Convención.
El triunfo de José Antonio Kast en segunda vuelta fue incluso más categórico que el de Boric, por la masividad de la participación y la enorme distancia de 16,4 puntos y 2 millones de votos que lo separaron de su contendora oficialista.
Todo presagiaba que esta vez podía ser diferente, con los vientos favorables del precio del cobre y los triunfos electorales de la derecha en países vecinos, además que el voto por candidaturas explícitamente de derecha superó el 50% en primera vuelta y el mensaje de gobierno de emergencia logró instalarse en el sentido común mayoritario, habiendo sintonía plena entre las prioridades programáticas declaradas del gobierno entrante y las principales preocupaciones de los chilenos.
La instalación del oficialismo en la conducción de ambas cámaras legislativas, la acogida extremadamente favorable a los decretos cursados el mismo 11 de marzo, el pleno éxito en la generación del efecto contraste con la figura presidencial precedente y el ritmo de su acción gubernamental, pusieron al presidente Kast con las mejores cifras de respaldo en Cadem de los últimos tiempos en la grilla de partida (57%), 7 puntos porcentuales más que al inicio de Boric, y nítidamente por encima de Bachelet y Piñera.
Quizás la fortaleza diferenciadora más evidente del nuevo gobierno es su inédito control de la agenda, incluso desde el día siguiente a su espectacular victoria del 14 de diciembre pasado, porque, como pocas veces antes, ocupó la escena con una escrupulosa planificación y ordenó la conversación pública en torno a sus anuncios y acciones.
Pero la tarea de control de la agenda por parte de los gobiernos es la más difícil de todas, en la medida que resulta imposible ordenar a un gobierno con la disciplina con la que se conduce una campaña electoral, pues éste habla a través de todas sus autoridades y sus iniciativas, nacionales y regionales, también a través de sus errores, faltas u omisiones, y los hechos de la realidad del país y del exterior inciden de manera determinante en la conversación pública.
Quién pudo prever que una frase del ministro del ramo sobre la revisión de la ley de 40 horas iba a generar un temor generalizado de que esa conquista social tan valorada fuera revertida por el gobierno, o que el retiro masivo de decretos ambientales en trámite generaría un debate nocivo para el gobierno por sospecha de desinterés en la preservación de la Ranita de Darwin, o que el anuncio de Hacienda de limitar la gratuidad universitaria a los menores de 30 años provocaría incluso el desmarque de una figura señera de RN comunicando que la mayoría parlamentaria no es para cualquier cosa.
Aunque fue un tema crucial durante la campaña presidencial, no todos parecen entender con la misma profundidad que, si bien la mayoría de la población comparte que es imperativo reducir el gasto fiscal, sólo una minoría acepta que esa reducción pueda afectar beneficios sociales.
Quién pudo prever, por otra parte, cuando celebrábamos la holgura que representaba el histórico precio del cobre, que el petróleo sufriría un alza desmedida producto de la inesperada guerra que declararía el presidente Trump a Teherán. Y no es que el horno esté para bollos como el de los 30 pesos, pero un alza de 300 en la bencina motorizaría una caída brutal e inmediata en el apoyo al gobierno. Imagino que a nadie en La Moneda se le escapa este riesgo inminente.
De hecho, la medición del sábado 20 de marzo mostró una brusca caída de 6 puntos en el respaldo al gobierno (de 57 a 51%) y un alza equivalente del rechazo (de 36 a 42%). Eso ocurrió cuando el alza de los combustibles era posible, imagínense ahora que se hace realidad. Y si se mira con más atención la pérdida de apoyo, ésta se concentra en los votantes de Parisi (cae 31 puntos a 35%) y Matthei (cae 15 a 55%), por lo que es probable que también tenga que ver con las señales equívocas sobre posible afectación de beneficios sociales.
El respaldo a los gobiernos es estable y permanente para quienes se identifican ideológica y políticamente con éstos, pero frágil e insoportablemente leve para la mitad de la población que se relaciona con las autoridades de manera contractual, en una suerte de do ut des, el voto a cambio de beneficios, de mejores condiciones de vida.
Los ciudadanos de hoy tienen, además, menos disposición a esperar, el sacrificio previo al logro no está a la orden del día, la cultura dominante es la ausencia de tiempo entre la demanda y su satisfacción, vivimos hace ya rato en los tiempos de la instantaneidad. Por eso las lunas de miel devienen rápidamente en lunas de hiel y la relación con la autoridad puede pasar sin transición de la adoración a la imprecación. Si no lo creen, pregúntenle al expresidente Boric, respecto de quien los medios acuñaron el término “boricmanía” y ya al mes de gobierno más de la mitad de los chilenos le declaraba su odiosidad.
El gobierno de Kast enfrenta una coyuntura difícil y casi imposible de resolver sin daños colaterales, generada por la guerra y el alza consiguiente del precio del petróleo.
Si a eso le agrega elementos internos, alejándose del concepto de gobierno de emergencia y sus focos prioritarios, desmiente su compromiso de campaña y se embarca en el retroceso de beneficios sociales, se desequilibra en la relación con las dos grandes potencias, se adentra en temas tan divisorios como los indultos y provoca la unidad de la oposición con el retiro del respaldo de Chile a la candidatura de Bachelet a la ONU, arriesga similar suerte que el gobierno de Boric, perdiendo el apoyo popular mayoritario.
Y como sabemos, a la pérdida del apoyo social le sigue el deterioro de la disposición -hoy potencialmente mayoritaria- de los congresistas a acompañarlo en sus desafíos focales de seguridad, crecimiento y control migratorio.
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