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Bancarrota política: la oposición sin blanco. Por Kenneth Bunker

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El estallido social le dio a la oposición un eje narrativo potente, y el gobierno cometió errores que le dieron suficiente espacio para que los discursos de desestabilización cobraran suficiente sentido. Por ahora, Kast no muestra señales de caer en esas trampas. Es práctico, pero también es directo. Eludió lo ideológico en su discurso inaugural y ha tomado decisiones claras sin subterfugios. Está haciendo exactamente lo que prometió. Si se mantiene en ese carril, no le dará a la oposición las razones que necesitan para organizarse. Seguirán torpes y miopes, buscando un blanco que no existe.

Un discurso inaugural puede ser muchas cosas. Una señal de largo plazo como lo fue con Frei, una declaración de principios como lo fue con Lagos, una promesa de transformación como lo fue con Bachelet, o un mapa ideológico como lo fue con Boric. En el caso de Kast, dado su perfil y su trayectoria, había argumentos para esperar cualquiera de esas versiones.

Pero no fue ninguna de ellas. El discurso, en cambio, fue un reflejo de su campaña. Práctico, orientado a la gestión, sin adornos. Y eso fue exactamente lo que tenía que hacer. Haber usado la ocasión para hacer una declaración ideológica de envergadura, revelar una agenda de transformación o instalar un relato de largo plazo hubiese sido un error. Uno costoso, por lo demás.

Puede que se le acuse de ser liviano o de haber perdido la oportunidad de hacer una gran declaración política, pero de haber seguido por ese camino, la crítica del día después hubiese sido lapidaria. Desde la oposición se habría usado la ocasión para señalar que el discurso revelaba su verdadera identidad extremista.

Ahora bien, ni haber hecho lo correcto allí previno el ataque de la oposición. Ya en su primer día de gobierno encontraron algo para pegarle igual. Pero el primer gran golpe opositor no vino por lo político. Vino por lo doméstico. Luego de que la Primera Dama sirviera almuerzos en el casino de La Moneda sin guantes ni mascarilla, la oposición, por medio del diputado socialista Daniel Manouchehri decidió oficiar a Contraloría, presentando el asunto como el primer gran error del gobierno entrante.

Lamentablemente, será eso lo que quedará anotado en los registros como el primer gran embate político de la oposición: un lamento por un mero almuerzo.

Lo que hacen tanto los gobiernos como las oposiciones en sus primeros días no es casual. Es el resultado del trabajo de los últimos meses tras bambalinas, y en ese sentido funciona como una señal. Bajo ese criterio, si el gobierno vía Kast mostró su decisión de ser pragmático y coherente con su mensaje de campaña, la oposición mediante Manouchehri demostró su ligereza y una tendencia a improvisar.

Ese es el problema de fondo. Si después de todo lo que ha pasado, lo mejor que puede ofrecer la oposición es improvisar a esta altura, significa que están severamente desconectados de las prioridades ciudadanas. Si en cambio la jugada de Manouchehri se hizo al margen de su sector, la conclusión tampoco es tan distinta. También implica que no hay un tipo de recambio en el bloque excepto por el diputado que viene haciendo ruido por años en liviandades del tipo.

Hay en todo esto una lógica de degradación. Una oposición que tuvo cuatro años para construir una identidad llega con las manos vacías a los primeros días de un gobierno que algunos de sus principales personeros han considerado una amenaza existencial. Si su mejor estrategia es confrontar al gobierno porque la Primera Dama no usó guantes ni mascarilla, es porque están en la bancarrota política.

El asunto es que la oposición nunca procesó la derrota. No tienen un diagnóstico claro de por qué perdieron, no hicieron una lectura honesta de qué falló, y por lo mismo no hay un tipo de estrategia visible de recuperación. En su lugar hay improvisación, ruido y la ilusión de que el desgaste permanente puede reemplazar a la política.

Lo que viene no es difícil de anticipar. La oposición intentará golpear al gobierno de Kast en todos los frentes posibles, como lo hizo con el gobierno de Piñera, usando acusaciones constitucionales, interpelaciones y cualquier mecanismo de desgaste que tengan a mano. La lógica será destruir a toda costa.

Pero esa estrategia requiere coordinación, disciplina y un relato que la sostenga. En este momento, no tienen ninguna de las tres cosas. Y se enfrentan además a un gobierno que no está buscando una confrontación ideológica de grandes proporciones, sino exactamente lo contrario.

La estrategia destructiva funcionó contra Piñera porque había un relato que la ordenaba. El estallido social le dio a la oposición un eje narrativo potente, y el gobierno cometió errores que le dieron suficiente espacio para que los discursos de desestabilización cobraran suficiente sentido.

Por ahora, Kast no muestra señales de caer en esas trampas. Es práctico, pero también es directo. Eludió lo ideológico en su discurso inaugural y ha tomado decisiones claras sin subterfugios. Está haciendo exactamente lo que prometió. Si se mantiene en ese carril, no le dará a la oposición las razones que necesitan para organizarse. Seguirán torpes y miopes, buscando un blanco que no existe.

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