Aplausos con las pestañas
29 de abril 2026 - 03:08
Habría que acudir al Congreso de los Diputados los días de Pleno para aprender peloteo de nivel profesional, cómo aparentar ser competente sin serlo y cómo cambiar de principios. El Hemiciclo se ha convertido en una cueva de trepas en la cima.
Al común de los ciudadanos nos importa un bledo la cabra hispánica agarrada al pedrusco vertical, salvo cuando hay que votar, como quien va a misa en una boda. De estos te alejarías si te quisieran tocar con un palo. Les observamos con asombro como un Gran Hermano real. Solo los ingenuos los toman en serio.
Ser político hoy en día exige estómago, alta capacidad de despreciar la imagen propia y probada orientación a hacer el ridículo sin el menor rubor. Esta última competencia me parece tan asombrosa como clave.
El prestigio para torpes justifica imágenes patéticas mientras su lenguaje no verbal no supera la aprobación de la abuela que ya no tienen; todo lo demás es mentira. No dan un argumento a derechas. ¡Qué paradoja! Así los maten, y no por que no quieran, sino porque no realmente saben.
El ministro del Interior saca pecho palomo y cita a gayola en tribunales, prueba evidente de lo grande que le viene el cargo. El Congreso ha involucionado de rap a reguetón y el cargo le viene grande no porque cojee, sino por palomo, porque la realidad es de toro bravo.
La cultura popular española en cuestión de mando es clara: la información tiene con el poder una relación inversamente proporcional a la competencia.
El final más triste de los finales lo es cuando se descubre la mentira y los allegados se asombran. Cae el mito y los nietos dejan de mirar para siempre al abuelo.
Lo peor no es el ruido infantil del Congreso, es el nieto huérfano de abuelo y la vergüenza viva caminando por los pasillos de la casa.
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