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Noelia

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28.03.2026

28 de marzo 2026 - 03:10

Hay que mirarle bien a los ojos para entender que estaba en la última orilla de su existencia. Noelia contó que tenía intención de maquillarse con sencillez, hacerse un peinado sin estridencias, como quien se prepara para una cita importante, aunque, era la más definitiva. Quería irse bonita, con esa dignidad contenida que a veces es la única posesión que nos queda. Noelia era una criatura que podría haber estado grabándose junto a las amigas divertidos vídeos en Tik Tok. Pero si uno se detiene en su foto, en ese último rastro de luz antes del apagón, se puede percibir que hay un leve desajuste en la mirada. Su historia, vista desde lejos, es un tapiz de contradicciones que nos negamos a aceptar. La misma joven que rechazaba a su familia y se perdía en los pasillos de un centro de menores, reía después con su padre en Instagram jugando a las adivinanzas sobre productos de belleza. Ese padre que, según cuentan, no estuvo cuando era niña, no sé si por alcoholismo y ausencia, pero que luego grababa sus pasos temblorosos subiendo y bajando escaleras durante la rehabilitación. Es confuso, sí. Pero la verdad de Noelia no está en el relato deslavazado de sus afectos, sino en la profundidad de su sinceridad final. Una sinceridad que nos resistimos a aceptar, aferrándonos a la idea de que su dolor no era irreversible. Creemos, con la soberbia de quien llega veinticinco años tarde, que nosotros, con nuestras leyes y nuestras palabras vacías, podemos arreglarlo. Creemos que el Estado y sus instituciones son capaces de cuidar a Noelia y a los cientos, miles de jóvenes que sufren en silencio. Pero se ha fallado. Falló la familia, los centros donde debían cobijarla, falló la detección de un dolor que la llevó a estrellarse contra el suelo trece veces buscando un cielo que le era esquivo. Trece gritos sordos que nadie quiso escuchar durante veinticinco años. Ahora, su legado nos deja reabierto el eterno debate. No pedimos permiso para nacer, pero debatimos el permiso para morir. Quizá sea hora de entender que, para algunas personas, la vida es una carga demasiado pesada, un exilio doloroso en su propio cuerpo. Noelia no pidió morir; pidió auxilio durante dos décadas y el mundo, simplemente, decidió no escucharla. Su eterno descanso será un grito para solucionar irreversibles desajustes.

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