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Es el liderazgo, estúpido

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22.08.2026

Mi madre votaba a Jordi Pujol en la Generalitat de Catalunya y a Pasqual Maragall en el Ayuntamiento de Barcelona. Cuando, en algún momento de finales de los años 80 o principios de los años 90, le pregunté por qué razón votaba a dos partidos frontalmente opuestos, me respondió que ambos eran los mejores candidatos posibles para los puestos que querían ocupar. No se hacía muchas más preguntas ni veía ninguna incoherencia en ello. Votaba a quien ha sido el mejor president de Catalunya y a quien ha sido el mejor alcalde de la capital. Mi madre siempre ganaba y quedaba contenta en la noche electoral. Ella se dedicaba a la banca y leía periódicos, pero no era politóloga; es más, seguramente consideraba que la política no era una ciencia, como hoy dicen algunos. El comportamiento electoral de mi madre no era único en Catalunya. De hecho, era una dinámica muy extendida. ¿Cuánta gente no votaba a un partido en las catalanas, a otro en las españolas y todavía un tercero en las municipales? En las elecciones catalanas del año 1984 CiU obtuvo el 46 % de los votos en Catalunya e hizo una mayoría absolutísima de 72 diputados. Dos años después, en las elecciones generales de 1986, el PSOE de Felipe González obtuvo el 41 % de los votos en Catalunya y revalidó la mayoría absoluta en el Congreso. Estos resultados solo se explican porque buena parte del electorado votó a ambos partidos, sin ningún problema ni sufrir ninguna noche de insomnio. Por eso me hace gracia cuando algún cuadro de un partido dice "nuestros votantes", como si fueran suyos o hubieran hecho un juramento de vasallaje. Los votantes hacen lo que quieren y bien que hacen.

Esa dicotomía o........

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