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¿Teléfono rojo? Volamos hacia Teherán

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07.03.2026

De niño, envidiaba a Franco por algo que ahora parece banal. En el Palacio Real de El Pardo, su residencia habitual, había ordenado instalar un cine casero. El general que firmaba sentencias de muerte mientras tomaba chocolate caliente con picatostes o sobaos albergaba una gran pasión cinéfila. Se calcula que vio unas 2.000 películas durante sus casi cuarenta años en el poder. Era un fan declarado de Disney, el western, la comedia, James Bond, y los filmes de carácter religioso, como Ben-Hur y Los diez mandamientos. Se cuenta que había reunido una pequeña colección de películas eróticas y pornográficas, lo cual resulta extraño, pues -al margen de Carmen Polo, su esposa- no se le conocen amoríos y, según su médico personal, una fimosis que no quiso operarse redujo su vida sexual a episodios aislados, casi anecdóticos y no muy gratificantes. Al parecer, también veía películas que la censura había prohibido en España por razones morales o políticas. Hitler actuaba del mismo modo. De hecho, sus biógrafos refieren que vio varias veces El gran dictador, de Charles Chaplin, pero no he encontrado ninguna información sobre cómo reaccionó ante las imágenes que le caricaturizaban con tanto ingenio. Hay pocas fotografías del Führer sonriendo y las que se conservan producen escalofríos. 

Franco no se limitó a disfrutar del cine como espectador. Además, escribió el guion de Raza, utilizando el pseudónimo Jaime de Andrade. Pensar que el autor de esa trama delirante y grotesca gobernó España durante un largo período, sugiere que la cima del poder no es el hogar de esas minorías selectas invocadas por Ortega y Gasset. El éxito de Donald Trump en dos elecciones presidenciales confirma esa terrible sospecha. Al parecer, al ogro de pelo naranja y llameante no le gusta tanto el cine como a Franco y Hitler, pero sí ha declarado públicamente su admiración por ciertas películas. Le encanta Ciudadano Kane, de Orson Welles. No por sus innovaciones formales, sino porque recrea la historia de un magnate. Eso sí, dudo que Trump añore el trineo de su infancia y deje al mundo en suspenso por murmurar “Rosebud” en el momento de partir hacia el más allá. Lo que el viento se llevó es otra de las películas favoritas del presidente estadounidense. Admito que el dato me fastidia enormemente, pues Vivien Leigh es una de mis grandes pasiones. Dudo que Trump se conmueva con la belleza de la actriz inglesa y su intensa interpretación de Scarlett O’Hara. Imagino que lo que le fascina de esa película es la evocación del Sur, una civilización que no sufría el acoso del pensamiento woke. En Los Doce Robles y Tara, las dos grandes plantaciones del film, cada uno sabía el lugar que le correspondía y, gracias a eso, América era grande y próspera. 


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