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La buena muerte

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04.04.2026

Me pareció que su rostro estaba muy pálido. No era raro porque siempre había sido un hombre de tez clara que resaltaba sus cejas negras, una seña de identidad que le caracterizaba. El tono macilento y, sobre todo, el rictus de la boca entreabierta me dieron la respuesta. Ya había fallecido. Incorporado con ayuda de las almohadas y reinando sobre la cama del hospital, aquel periodista mantenía toda la dignidad de la persona valerosa y a la vez humilde que fue y yo había admirado desde siempre. Cuando llegué a la facultad de Periodismo, mi sueño era imitar a gente como él y ser una gran reportera para contar todo tipo de conflictos, guerras y padecimientos de los más pobres y abandonados. Nunca imaginé que este querido y admirado colega sería la primera persona muerta que vería en mi vida.

Mi compañero tuvo un buen final de su agitada vida, querido y homenajeado por la profesión en múltiples actos a los que acudía emocionado aunque fuera con la salud mermada. Le llegó la muerte plácidamente, rodeado de los cuidados del personal sanitario de la Fundación Jiménez Díaz y la presencia permanente de su hermana, a los pies de su cama. Me los encontré de sopetón porque alguien se había dejado la puerta de la habitación entreabierta. No me esperaba contemplar esa imagen cuando subí a acompañarle, tras haber sido avisada de su gravedad mientras me encontraba en una consulta de rutina en el mismo hospital.


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