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El padrastro de la democracia

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26.02.2026

La democracia española tiene muchos padres, según quién te cuente la historia. Tiene padres oficiales, aquellos siete “padres de la Constitución” que redactaron nuestro texto supremo y que los niños de la EGB recitábamos como los afluentes del Tajo o una alineación futbolística: Cisneros, Herrero de Miñón, Peces-Barba, Pérez-Llorca, Solé i Tura… Tiene también padres repudiados, como el rey Juan Carlos, al que algunos siguen reconociendo la paternidad, pero nadie quiere sentarlo ya en la mesa familiar. Tiene muchos otros padres, no reconocidos pero más queridos que aquellos: líderes sindicales, políticos, vecinales y sociales que en las calles, instituciones y centros de trabajo empujaron la democracia más allá de donde pretendían aparcarla algunos. Y tiene por supuesto madres, mujeres luchadoras que quedaron fuera del relato oficial durante años y solo recientemente reivindicadas.

Y también tiene un padrastro: el ex teniente coronel Antonio Tejero, fallecido por una ironía de la Historia el mismo día en que se desclasifican los documentos del 23F. Digo padrastro, no en el sentido civil del término (el segundo marido de tu madre), sino en las otras acepciones que recoge la Real Academia: 2. Mal padre. 3. Obstáculo, impedimento o inconveniente que estorba o hace daño en una materia. 4. Pedazo pequeño de pellejo que se levanta de la carne inmediata a las uñas de las manos, y causa dolor y estorbo.


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