Ni seguros, ni inviolables, ni protegidos
Desconozco cómo fue vivir o contemplar la guerra de Irak que propulsaron los Estados Unidos cuando los gobernaba Bush (y de la cual fuimos parte, foto de las Azores mediante, por obra y gracia de José María Aznar, hasta que Zapatero hizo regresar a las tropas que habíamos enviado); cuando empezó tenía, si no me equivoco, dos años, y más allá de las fuentes primarias y secundarias que puedo consultar, o de los recuerdos de otros, no podré nunca tener un conocimiento vivencial de cómo fue entrar en aquella guerra, ni de cómo fue presenciar, algo de tiempo atrás, el atentado contra las Torres Gemelas que cambió irremediablemente la experiencia del mundo. En todo cuanto he conocido ya existía una mediatización, un espectáculo, conversión del mundo en virtualidad. He reflexionado en este periódico sobre cómo Instagram cambia la experiencia de presenciar un genocidio, porque ese es un cambio que sí he podido conocer en mi época; ahora, rodeada de noticias, mensajes, avisos, detalles de última hora o informaciones contradictorias, la misma entidad tiene una noticia sobre un mono y su peluche que la bomba que mata a cuarenta civiles o la muerte del ayatolá.
Nada de eso es ya excepcional (como quien dijera que “se está muriendo gente que no se ha muerto nunca antes”); la realidad, empero, nos sostiene precisamente porque no es como la esperábamos. Más allá de la prensa tradicional, los contraataques iraníes que alcanzaron Dubai y Kuwait tuvieron relatores nuevos, testigos que, en palabras de ellos mismos, jamás se esperarían vivir algo así: los influencers. Leo un tuit de un tal Capitán Bitcoin, que cuenta que “en Dubai se nota la tensión, se recomienda no salir, el aeropuerto no está operativo, pero todo ofrece oportunidades. Estoy comprando más oro. El martes os hablo de ello en el directo”. Mujeres llorando en albornoz mientras graban con las cámaras de sus teléfonos móviles un cielo en llamas y las estelas de drones o misiles interceptados. “Es muy feo escuchar cómo truenan los misiles, pero mi asistente seguirá subiendo mis campañas normal (sic)”. Las imágenes de cómo, desde el balcón de un hotel de lujo en Palm Jumeirah, caen de la planta superior chispas y trozos de cristales rotos.
