La tentación autoritaria
La novela La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, no solo narra el ocaso de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana; también permite comprender el funcionamiento del autoritarismo como fenómeno histórico, sociopsicológico y simbólico. A través de tres relatos entrelazados, la obra muestra cómo el poder absoluto moldea los cuerpos, las conciencias y las instituciones políticas y sociales, así como su devastador impacto en la vida personal y colectiva. Se trata, en esencia, de una profunda indagación sobre el poder sin límites, sus mecanismos de dominación y las huellas psicológicas que deja en víctimas, cómplices y en la sociedad entera. Símbolos como el “Chivo”, el cuerpo enfermo del dictador o la alegoría del mal gobierno convierten la trama en una reflexión crítica sobre los peligros del poder absoluto.
La novela muestra cómo el autoritarismo no solo devasta física y psicológicamente a sus víctimas, sino también cómo degrada moralmente a quienes lo ejercen: funcionarios que banalizan el mal por ambición o miedo, instituciones convertidas en maquinarias de represión y una sociedad silenciada por el terror. En ese sentido, la narración es también una interpretación histórico-política de ciertos dispositivos de poder que han persistido en muchos países latinoamericanos desde el siglo XIX hasta hoy: el caudillismo, el culto a liderazgos paternalistas, las redes de clientelismo y corrupción, así como el uso de la polarización y el odio como herramientas de movilización política.
Sería un despropósito afirmar que la novela describe los autoritarismos surgidos en el siglo XXI. Sin embargo, ofrece un marco sociológico útil para comprender ciertos liderazgos contemporáneos —de izquierda y de derecha— que, una vez en el poder, reproducen lógicas bien conocidas en la historia latinoamericana: la personalización del poder, las narrativas mesiánicas, el debilitamiento de los poderes legislativo y judicial en favor del Ejecutivo y una preocupante tendencia hacia la autocratización, como ha acaecido en Venezuela y Nicaragua, como algunos analistas advierten que ocurre en El Salvador y como podría suceder en cualquier democracia con instituciones frágiles.
El tiempo de cada quien
Desde una perspectiva institucional, el hiperpresidencialismo —un rasgo persistente de muchos sistemas políticos y constituciones latinoamericanas— ha contribuido a reforzar un imaginario personalista y caudillista del poder. En ese contexto, la disputa presidencial tiende a eclipsar el verdadero corazón del sistema democrático: el Congreso.
Resulta revelador que, a las puertas de elegir un nuevo Congreso de la República —institución que desde sus orígenes ha simbolizado la representación política, el control al poder y la defensa de las libertades—, la principal preocupación de la prensa, de las encuestas y de buena parte de la opinión pública colombiana sea quién será el próximo presidente. Quizá deberíamos preocuparnos más por la calidad de los congresistas que elegiremos. De ello dependerá, en buena medida, la salud de nuestra democracia y de nuestras instituciones en el próximo cuatrienio.
