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El Azteca 60 años después y la avidez por un triunfo

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29.03.2026

La reinauguración anoche del Estadio Azteca, ahora nombrado Estadio Banorte por ser ese banco mexicano el principal financiador de la modernización estructural y tecnológica que exigió la FIFA para que sea sede por tercera vez de un campeonato mundial de futbol, regaló a miles de mexicanas y mexicanos la oportunidad de vivir algunos momentos de orgullo, de ánimo y esperanza, una de cal por las tantas que van de arena en el polarizado debate sobre el futuro del país.

Más allá del resultado futbolístico -un nada desdeñable empate a cero goles en un buen partido frente a Portugal que, sin embargo, no evitó el abucheo al final a la selección mexicana de una afición ávida de triunfos- la majestuosidad del inmueble, los trabajos urbanos realizados en sus alrededores y el esparcimiento por venir en 73 días con la justa futbolística mundial, hicieron olvidar por un rato las preocupaciones económicas y políticas de nuestro día a día, las de nuestra muy confrontada relación con Estados Unidos y las de la guerra en el Medio Oriente que cada día escala ominosamente hacia una conflagración mundial.

Al menos para mi generación y muchas de las subsecuentes, el Estadio Azteca hoy Banorte (¡vaya que costará acostumbrarse!) se convirtió en uno de los principales símbolos de identidad de la Ciudad de México, si no es que del país entero.

Cuando se inauguró hace sesenta años, el 29 de mayo de 1966, quien esto escribe estaba por cumplir los diez años. No alcanzaba entonces el dinero para comprar boletos para el partido, pero sí para acercarse a ver aquella impresionante estructura levantada sobre el magma petrificado desde hace más de dos mil años tras la erupción del Xitle.

Mi padre y yo (¡gracias por el esfuerzo papá!) llegamos la mañana de aquel domingo en el tranvía eléctrico que durante décadas corrió por la Calzada de Tlalpan hasta que fue sustituido por el Metro y el Tren Ligero. Multitudes bajaban en la estación Estadio Azteca. Parecía que los tranvías vomitaban gente, tanta como los más de 80 mil aficionados que colmaron el aforo del inmueble.

Nos metimos después a una fonda por los entonces solitarios terrenos de Santa Úrsula Coapa, al sur capitalino, y por televisión vimos lo que ocurría al interior del estadio.

Poco me importaba que el listón inaugural lo estuvieran cortando el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz acompañado de Joao Havelange, el carismático brasileño que encabezaba la FIFA. Estaban ahí también los dueños de Televisa y del estadio, Emilio Azcárraga Vidaurreta y Emilio Azcárraga Milmo, así como su socio Guillermo Cañedo de la Bárcena y el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, diseñador y constructor de ese estadio -decíamos orgullosos- de escala mundial.

Mucho me importaba, eso sí, el partido por jugarse entre el América y el Torino de Italia. Aunque no soy americanista (¡ni Dios lo quiera!) celebré a rabiar el gol de Arlindo dos........

© El Universal