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Misericordia Divina

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12.04.2026

La máxima expresión del amor es la misericordia: es un amor que se ofrece, aun cuando la otra persona no lo merezca. Así es Dios en esencia. Él nos dona su amor y nos invita a recibirlo, respetando nuestra libertad. Él sabe que lo necesitamos para alcanzar la libertad, la felicidad y la plenitud. Su amor sana las heridas del alma, libera de las esclavitudes a las que nos someten el pecado y los atractivos del mundo pasajero, y llena el corazón de gozo.

Jesús nos ha expresado la inmensidad de su misericordia, en su entrega por la humanidad en la cruz y su permanencia en los sacramentos de la Iglesia para hacernos participar de su amor infinito y de su felicidad, desde esta vida y plenamente en la eternidad. El problema es cuando creemos que no la necesitamos, porque a veces no somos conscientes de que, si la gracia de Dios no ilumina la mente y el corazón, caemos fácilmente en las mentiras y esclavitudes del pecado. Es la misericordia de Dios la que nos hace capaces de bondad, de bien, de verdad y de amor.

El segundo domingo de Pascua se celebra una fiesta especial a la Divina Misericordia, de acuerdo con el pedido de Jesucristo a Santa Faustina. San Juan Pablo II instituyó esta hermosa fiesta, en la que la Iglesia en nombre de Jesús, ofrece gracias e indulgencias especiales, llamándonos a acoger la infinita misericordia de Dios.

Máxima presión, mínimo resultado

Jesús nos perdona y nos reconcilia con Dios, con nosotros mismos y con los demás. Del corazón traspasado de Jesús, fluyen gracias especiales, que nos hacen renacer y nos transforman con los dones del Espíritu Santo. La única respuesta necesaria de nuestra parte es la confianza: Que digamos con el corazón: “¡Jesús, en ti confío!”.

Dice el papa León: “No hay experiencia humana que Dios no redima: incluso el sufrimiento, vivido en unión a la pasión del Señor, se convierte en una vía de santidad. La gracia que convierte y transforma la vida nos refuerza así en todas las pruebas, indicándonos como meta el encuentro con Dios, que se hizo hombre por amor”.

Las lecturas* relatan que, tras la muerte de Jesús, los discípulos están encerrados por miedo. Jesús se pone en medio de ellos, les da su paz y se les muestra resucitado. Tomás no estaba y dijo que no creía. Cuando Jesús apareció de nuevo, le mostró sus llagas, y el discípulo exclamó: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús nos dice: “Dichosos quienes creen sin haber visto”.

Que el Señor nos dé la fe necesaria para confiar siempre en su infinita misericordia divina y le permitamos hacer su obra en nosotros, para que seamos misericordiosos con los demás y seamos instrumentos de paz y reconciliación. Este mundo fraccionado y dividido, necesita paz, amor y reconciliación con Dios y entre nosotros.

**Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.


© El Universal