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Año de Esperanza

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05.01.2025

¡Muy feliz año! El papa Francisco nos ha invitado a vivir el Año Santo Jubilar centrados en la esperanza “que no defrauda”, fundamentada en nuestra fe y confianza en el amor de Dios Padre, en el seguimiento a su hijo Jesucristo y abiertos a la gracia del Espíritu Santo. Dice San Pablo: “El Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos”*.

La esperanza, virtud sobrenatural que Dios nos da infusa en el alma, requiere para su vitalidad en nuestra vida de receptividad a la acción de Dios en nosotros. La mayor esperanza es la vida eterna con Dios y se expresa desde el momento presente porque nos da una actitud frente a la vida en la cual, sin temores, nos atrevemos a soñar en grande, nos ponemos a la tarea de, apoyados en Dios y en sus enseñanzas, construir un mundo mejor, primero en nuestro interior, para luego proyectarnos en los ámbitos en los que se desarrolla nuestra vida.

Hay muchas propuestas de crecimiento y desarrollo personal que incluyen el optimismo, el pensamiento positivo, pero la diferencia es grande cuando se fundamentan en la esperanza; esta va mucho más lejos porque nos pone en sintonía con la meta mayor, el cielo, y porque no sólo se basa en méritos personales, sino que se apoya en la confianza absoluta en la acción y bondad de Dios. La esperanza hace al ser humano más activo, más dinámico, porque el motor que le impulsa a la acción proviene del amor que Dios pone en su corazón. Se sostiene en la absoluta confianza de que para Dios nada es imposible y, de la mano de Él, discerniendo todo con Él, vamos más seguros en la ruta del bien, la verdad y el amor.

Mala señal

La esperanza se dinamiza en la medida que nos relacionamos más con Dios, en que vivimos más en su presencia, en la que nos disponemos más a vivir de acuerdo con su voluntad, siguiendo sus leyes eternas, aprovechando su presencia en los sacramentos y en las personas a las que servimos. Con esperanza, no tememos los desafíos, problemas y dificultades porque Dios, incluso de las circunstancias más difíciles, saca muchos bienes que nos edifican.

La esperanza anima nuestro actuar para dar lo mejor de nosotros mismos, con los dones y talentos que Dios nos regaló para desarrollarnos, disfrutar del trabajo diario y servir mejor a los demás. Aprovechemos los dones que Dios nos ofrece en este nuevo año jubilar y las indulgencias para perdón de nuestros pecados.

Que sea un año muy especial, que, apoyados en la esperanza en el amor de Dios, trabajemos con entusiasmo y vivamos en la libertad y felicidad de los hijos de Dios.


© El Universal