La eterna proclama de Simón
“¡Tirano, longanizo, culoehierro!”, gritos que acompañaron a Simón Bolívar después de renunciar a la Presidencia de la Gran Colombia (abril 27 de 1830). Último y doloroso viaje: Bogotá - Santa Marta (mayo 8 de 1830) solitario, vencido física y espiritualmente, abucheado, gravemente enfermo, rumbo al exilio, largo y fatigoso camino ilusionado en recuperar su salud y fuerzas extraviadas en su larguísimo laberinto libertario, ahora sobre las aguas pacíficas del Río Grande de la Magdalena: fueron 7 largos meses hasta llegar a Santa Marta atendiendo gentil invitación, ¡quién lo creyera!, del ciudadano español don Joaquín de Mier y Benítez, para alojarse en su espaciosa y confortable Quinta de San Pedro Alejandrino, verdadero oasis, convertido ahora en ‘túnel del tiempo’, donde la historia patria se siente fresca, al alcance de la mano y la fantasía.
En ese lugar sagrado la historia preserva su originalidad y frescura, tanto, que no debería sorprendernos que, de un momento a otro apareciera El Libertador de cinco naciones, repleto de títulos y homenajes enfrentando durísima e inexorable realidad de la vida, y la frágil conciencia humana que olvida fácilmente los beneficios recibidos desde Judas, jamás ofensas y frustraciones, características unidas firmemente a nuestros cromosomas. De 47 años, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco (Caracas, 24 julio de 1783 - Santa Marta, 17 de diciembre de 1830) tuvo tiempo y paciencia para redactar, lúcidamente, su intemporal Última Proclama: “Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés abandonando mi fortuna y tranquilidad. Me separé del mando al confirmar que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credibilidad y hollaron lo que lo que me es más sagrado: mi reputación y amor a la libertad. Víctima de mis perseguidores conduciéndome a las puertas del sepulcro. Los perdono. Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía, los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales. Colombianos: mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, bajaré tranquilo al sepulcro”.
196 años después aquellos nobles ideales solo consiguieron sembrar discordias, cosechando odio, olvidando que el poder genera servicio, el lenguaje divide cuando está cargado de ambiciones insanas, gobernar no es botín, su espada no es legado para manchar de sangre y odios los surcos de la patria.
