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Lo que hemos dejado de cuestionar

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10.04.2026

Algunas ideas producen una incomodidad inmediata, casi física, como si al pensarlas estuviéramos cruzando una línea invisible que nos conduce a un escenario tan simple que, por lo elemental, pareciera vergonzoso. Aquí va una: ¿y si el problema de la política contemporánea no fuera solo la corrupción sino algo más profundo, tan hondo que es silencioso y, por falta de ruido, más aceptado? ¿Y si el problema fuera que hemos normalizado que quien entra al poder debe mejorar su vida material?

Es verdad que hemos llegado a considerar natural algo sutil que no parece corrupción, y es que la política sea una forma de ascenso. Un cambio individual progresivo: mejores contactos, mejores oportunidades; como si gobernar fuera, entre otras cosas, una estrategia de movilidad personal. Pero si uno se detiene un momento, continuando con las preguntas incómodas, aparece otra: ¿por qué debería ser así? El poder político no es propiedad privada ni un capital que alguien invierte y del cual espera retornos —y no lo es, aunque lo sea en el absurdo de la realidad—. Lo que es, o debería ser, es una delegación precaria, una confianza que se otorga para administrar lo que es de todos.

Esto, en teoría, porque en la práctica esa frontera se ha vuelto difusa. Que no se entienda solo como corrupción, porque la corrupción es visible y, en teoría, sancionable, sino de algo más difícil de capturar: la naturalización de los privilegios y de los pequeños beneficios, la idea que el poder trae consigo, legítimamente, una mejora en la vida de quien lo ejerce. Tal vez ahí reside una de las distorsiones más profundas de la política vista desde la dimensión ciudadana, que sanciona socialmente la corrupción evidente, pero estos sutiles cambios parecen pasar desapercibidos, casi como quien se acostumbra a mirar un paisaje cotidiano.

Reflexiones del 9 de abril

Porque si gobernar se convierte —aunque sea parcialmente— en una vía de beneficio personal, entonces el sentido mismo del servicio público empieza a erosionarse de manera gradual e imperceptible; como una pendiente suave que, sin darnos cuenta, nos aleja del punto de partida. Recuerdo una anécdota mientras estaba en un restaurante. Una señora en la mesa vecina le contaba a la otra, con un dejo de orgullo evidente, que su hija menor se había casado con uno de los condenados de Odebrecht.

Es por eso que la desconfianza hacia la política no desaparece, incluso cuando no hay escándalos visibles. Tal vez lo que incomoda de la pregunta no es solo lo que algunos hacen mal, sino lo que todos hemos empezado a aceptar como normal. Y termino planteando que a lo mejor la pregunta no sea cómo eliminar la corrupción —aunque eso sea indispensable—, sino algo más difícil: ¿cómo imaginar una política en la que ejercer el poder no implique, en ningún sentido, una ventaja personal? La sola formulación de esa pregunta ya resulta extraña y casi ingenua. Pero, ¿y si lo que llamamos ingenuidad no es más que una idea que todavía no nos hemos atrevido a llevar intelectualmente hasta el final debido a que la política ha aprendido a anestesiar la relación que percibe el ciudadano desprevenido entre poder, dinero y legitimidad moral?


© El Universal