Teseo sin ovillo
De un tiempo a esta parte, proliferan en la esfera pública serias inquietudes por las implicaciones de la rauda infiltración de la IA en la vida humana, aunque cabe destacar que el grueso de los cuestionamientos se dirige al algoritmo y no a sus usuarios. Al considerar por separado el impacto de la IA en cada campo del conocimiento, desde ángulos sucesivamente éticos, económicos, culturales, legales, técnicos y metafísicos, se oculta el hecho de que todos los retos invocados se funden en uno solo: la ausencia de un marco de inteligibilidad y de un andamio de acceso a complejidades cognitivas que rebasan exponencialmente nuestros límites biológicos asintóticos. El problema consiste en la carencia transversal y sostenida de instrumentos cognitivos robustos que soporten marcos de comprensión adecuados dentro de un mundo complejo, mientras nos aferramos a un modelo antropocéntrico de obsolescencia casi ptolemaico.
Reducido el mundo a simulacros, binarismos, estadísticas de consumo y dispositivos de gratificación inmediata, se licuaron las defensas ante lo que no es lineal ni cartesiano, y el sujeto pensante cumulativo se convirtió en espectador de topologías sin mapa procesable. En el cuento de Borges, el analfabetismo de Asterión lo encerró en un universo indescifrable y, cuando al fin llegó Teseo, “apenas se defendió”. Nuestros paradigmas e instituciones no han generado suficiente resistencia —siquiera mediante el filtro fenomenológico de la epojé— como para gobernar las complejidades emergentes de la historia. Hasta ahora, cada salto técnico había transformado el pensamiento humano, integrándose a él sin hundirlo: ni la imprenta, ni el motor de vapor, ni la computadora, disolvieron nuestro entendimiento. El pánico perceptible resulta de haber perdido el hilo interpretativo, lo cual equivale a ingresar al laberinto sin la ayuda de Ariadna.
En las ‘Epítomes’ de Apolodoro, la princesa cretense le entregó a Teseo una “mítou tólupen”: una bola de lana cardada donde ya estaba plegado el orden. La característica actual de la IA es que genera kilómetros de hilo que —aún sin emanar de una “tólype” u ovillo primigenio— producen estructuras creíbles aunque, sin distinción legible entre invariantes y anomalías, “cualquier lugar es otro lugar” y colapsa todo amago de forma. Ninguna de las soluciones éticas, legales o mercantiles propuestas serán válidas, porque aparecerán desde palabras ya captivas del algoritmo. Sería más útil plantear un suelo interpretativo deslastrado de la metafísica, que concibiese la deriva desde el ovillo. La articulación de una “toliponáutica” o “tolipotaxia” exploratoria reviste mayor coherencia que la de una “toliponética” regulatoria, siendo más transparente la tecnología actual que nuestro propio aparato cognitivo, probadamente opaco.
